| 5/26/2006 12:00:00 AM

La OMC contra las cuerdas

La Organización Mundial de Comercio (OMC) está paralizada. Estados Unidos y Europa no logran ponerse de acuerdo sobre la reducción de subsidios. Y el organismo amenaza con transformarse únicamente en un tribunal para disputas comerciales.

Un fantasma recorre el comercio mundial. La llamada Ronda de Doha, el último ciclo de negociaciones en la Organización Mundial del Comercio (OMC), está a punto de desfallecer. Esa ronda, que propone reducir las barreras al comercio de productos agrícolas e industriales entre países, sufre un retraso que la empuja al abismo. Los negociadores se habían dado plazo hasta el 30 de abril para sellar un documento que sirviera como brújula para las negociaciones. Pascal Lamy, director general de la OMC, no ha tenido más remedio que admitir que la organización ha entrado en una "zona roja".

Los principales culpables de este retraso, que según varios analistas puede dejar en la lona a la OMC, son la Unión Europea y Estados Unidos. Ambas potencias no han logrado ponerse de acuerdo en los mecanismos para desbaratar los subsidios que otorgan a sus agricultores. Ninguno está dispuesto a dar el primer paso y se lanzan acusaciones por la parálisis de las negociaciones.

Este enfrentamiento forma parte de una de las más encarnizadas batallas de la globalización: la liberalización del tráfico de bienes y servicios entre naciones. Manifestaciones, barricadas, cordones policiales y cocteles molotov se asentaron en los paisajes de Cancún (México) y Seattle cuando la OMC aterrizó en esas ciudades para negociar el desmantelamiento de barreras en el intercambio internacional de bienes y servicios. En juego estaban —y siguen estando— las reglas y las normas para el tráfico de productos que van desde los plátanos de Ecuador hasta los microprocesadores de Silicon Valley en Estados Unidos.

Todos los productos y servicios, hasta el sector financiero, son parte de la batalla del comercio mundial. En los últimos 19 años, el desmantelamiento del sinfín de artilugios (subsidios, ayudas, tarifas, impuestos) que utilizan los gobiernos para proteger a sus productores ha pasado a ser parte del discurso oficial de las principales potencias económicas del planeta. Las medidas reales para derrumbar esas barreras, no obstante, avanzan a cuentagotas. Las acusaciones cruzadas, las divergencias y las escaramuzas entre las grandes economías (Estados Unidos, la Unión Europea y Japón), una nueva ola de mercados emergentes con China, India y Brasil como sus máximos representantes, y el grupo de países más pobres —la mayoría, africanos— han empantanado el avance.

El potencial de la OMC, sin embargo, es gigantesco. La Ronda de Doha, podría inyectarle US$520.000 millones (a precios de 2002) a la economía mundial en los próximos 10 años, beneficiando en gran parte a los países emergentes.

En esta particular batalla, Colombia está en el llamado Grupo Cairns, junto con países como Argentina, Costa Rica e Indonesia. Ese grupo tiene poco protagonismo dentro de la OMC, pero intenta realizar propuestas pragmáticas. Para la estrategia comercial del gobierno colombiano, sin embargo, la OMC es más bien una pieza complementaria del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos.

Crece el comercio

El tráfico de bienes y servicios en todo el mundo ha crecido a un ritmo de más del 6% desde 1985, según el Fondo Monetario Internacional. En el último decenio, sin embargo, el ritmo de crecimiento ha sido levemente mejor que entre 1985 y 1995, con fuertes altibajos por culpa de las complejas negociaciones multilaterales.

A pesar de los baches, la OMC se ha erigido desde su nacimiento en 1995 en la antorcha de los defensores del comercio mundial y en el karma de una amalgama de opositores de la sociedad civil. Es el punto de encuentro de 148 países, la mesa en la que se decide y negocia el futuro del comercio entre naciones, y un laberinto donde cualquier medida tiene que estar sellada por la unanimidad de sus miembros.

Los acuerdos multilaterales incorporados en la OMC y la larga lista de pactos bilaterales o regionales (un reguero de siglas como Mercosur, Alca y Apec) debilitan al organismo. El número total de acuerdos regionales o bilaterales alcanza ya 206, frente a 89 en 1985. Se trata de un fenómeno que pone en jaque al sistema bajo el escudo de la OMC. Los acuerdos bilaterales, al crear un marco paralelo y, en varios casos conflictivo, con la OMC, terminan entorpeciendo y amenazando la andadura del comercio mundial.

A pesar de ese sabotaje, el nacimiento de la OMC, que fue el resultado final del Acuerdo Global sobre Comercio y Tarifas (GATT, por sus siglas en inglés), supuso un salto cualitativo para el comercio global. El GATT, creado en 1948, era un esqueleto débil, sin un organismo como tal. Servía como un marco para las negociaciones y establecía las normas fundamentales que regían el comercio mundial, pero no poseía el músculo necesario para asegurarse de que los países miembros cumplieran los acuerdos. Tampoco poseía las herramientas para que los países enemistados por alguna discrepancia comercial resolvieran sus diferencias.

Lo único que está sobre la mesa, sin embargo, es un documento borrador. Las batallas para conseguir acordar la letra menuda y las fórmulas exactas todavía no se han resuelto. Doha se puede convertir en la ronda del fracaso, que terminaría simbolizando la ineficiencia de la OMC. La tierra prometida del libre comercio, de momento, sigue a la espera.
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