"La globalización no es algo que se pueda escoger"

| 3/10/2000 12:00:00 AM

"La globalización no es algo que se pueda escoger"

¿Cuál es el balance de los 10 años de la apertura económica? ¿Qué se logró y qué quedó faltando? Entrevista con el ex presidente César Gaviria.

La apertura económica

está cumpliendo 10 años y el debate sobre el conjunto de reformas económicas e institucionales que se resume con ese nombre sigue tan vivo como el primer día. Para sus partidarios, el proceso quedó inconcluso y es indispensable acelerarlo inmediatamente. Para sus contradictores, es un experimento que demanda una revisión.



César Gaviria fue, como presidente de Colombia entre 1990 y 1994, el protagonista del proceso de reformas. Posteriormente, como Secretario General de la Organización de Estados Americanos ha sido actor y observador central en la transición del continente hacia la economía globalizada. En conversación con Dinero, Gaviria evalúa los resultados y las lecciones que dejó la década de apertura. Gaviria ampliará estos conceptos en el lanzamiento del libro Globalización en la Economía Colombiana, publicado por el capítulo de Economía de la Asociación de Exalumnos de la Universidad de los Andes, Ecoandinos.



¿Cuál es su balance del proceso de apertura?



Lo que se conoce como "la apertura" es un conjunto de políticas, pero antes que la apertura, detrás de ella, está la globalización, que no es una idea, una propuesta política, ni un programa de gobierno. No es algo que podamos aceptar o rechazar a voluntad. Tenemos que aceptar que la globalización es el sistema de relaciones políticas, económicas y sociales que nos tocó vivir en los albores del siglo XXI.



Si uno en realidad quiere ver lo que pasó con el bolsillo de los colombianos como resultado de las reformas, tiene que ver cómo se afectaron las dos variables de mayor impacto en el bienestar económico, es decir, los precios y el ingreso.



Los precios reales cayeron. Primero, como resultado del incremento de las importaciones y la competencia, los productores colombianos que tenían grandes márgenes de utilidad se vieron obligados a disminuir sus precios para mantenerse en el mercado. Segundo, los productores nacionales realizaron transformaciones sustanciales en sus estructuras productivas para poder enfrentar la competencia externa, que se tradujeron en aumentos en la productividad y por ende en su competitividad.



La productividad real de los factores, que estuvo relativamente estancada entre 1981 y 1985, cayó durante 1987 y 1990, dejó de caer al abrirse la economía en el período 1990-1991, y creció cerca de 5 puntos entre 1993 y 1997. Los dos efectos combinados permitieron frenar una tendencia al aumento que traían los precios desde 1985 hasta 1992. En el 93 logramos revertir esa tendencia. De acuerdo con Fedesarrollo, el incremento de la productividad fue tan grande que compensó buena parte del impacto negativo que pudo producir la revaluación del peso sobre los productores de bienes transables internacionalmente. Obviamente, la Junta del Banco de la República tiene parte del crédito por este comportamiento, toda vez que su manejo ortodoxo de los agregados monetarios permitió acompañar este proceso con una disminución en el alza de los precios.



El ingreso también se vio beneficiado. La apertura incrementó la demanda laboral para ciertos grupos de acuerdo con sus niveles de educación. El efecto no fue muy grande, ya que las importaciones en Colombia representan solo el 10% del PIB, y el 80% de la fuerza laboral se concentra en sectores de lo que llamamos bienes no transables. Un estudio de Mauricio Santamaría ha demostrado que entre 1991 y 1994 el ingreso real de los sectores con menos educación creció en 26%; el de los trabajadores con nivel de primaria 19,6%; y el de los sectores con educación universitaria creció 36,9%.



La agricultura es, tal vez, el tema más crítico en toda la discusión. Se afirma que el campo colombiano no ha podido recuperarse del golpe que le propinó la apertura. La agricultura tuvo un tratamiento especial, un programa de liberalización más lento que el resto de la economía. La tasa de protección efectiva de la agricultura cayó entre 1991 y 1992 de 77% a 36%, un monto importante pero inferior al resto de la economía, que cayó de 49% a 19,7%. Además, se creó el mecanismo de franjas de precios.



Además, no todos los componentes del sector agrícola se vieron perjudicados. Un estudio reciente de Carlos Felipe Jaramillo ha demostrado que no todos los cultivos se comportaron en la misma forma. La producción de cultivos transitorios cayó durante los años 90. Pero la mayoría de los cultivos permanentes presentó un crecimiento moderado durante el mismo período, mientras que el sector de ganadería tuvo un crecimiento acelerado. Muchos de los cultivos de productos no transables internacionalmente, se beneficiaron del comportamiento de los precios relativos. La producción de cultivos de bienes importables se contrajo, mientras que la de aquellos para la exportación se estancó.



Tal vez el resultado más sorprendente del estudio es el siguiente: a pesar del pobre desempeño de la agricultura, los años 90 han sido un período de constante mejoría en los indicadores de equidad del campo colombiano. Esto es lo opuesto de lo que generalmente se dice. Si se mira el sector en conjunto, se observa una rápida caída de 5,7% en el ingreso entre 1991 y 1995. Sin embargo, al desagregar por categorías de ingreso, la perspectiva cambia dramáticamente. Si se excluye el decil más rico, el ingreso rural se incrementa durante el período a una tasa de 1,4% anual. Esto quiere decir que los niveles de vida mejoraron para la mayoría de los habitantes rurales entre 1990 y 1995. Las ganancias más grandes se concentraron en los deciles más pobres de la población (2,5% anual). Este comportamiento contrasta con la concentración de los ingresos que se dio durante el período de 1978-1991, que solo favoreció el decil de ingresos superiores.



¿Qué sabemos hoy que ignorábamos hace 10 años?



Hemos aprendido que no todas las virtudes ni todos los pecados que se le atribuyen a la globalización son ciertos. Hemos dejado atrás ese optimismo desbordante que surgió con el fin de la guerra fría y que nos hizo pensar en cierta inevitabilidad de nuestro progreso si aplicábamos políticas adecuadas.



La crisis mexicana de 1994, la crisis asiática de 1997, la rusa de 1998 y la de Brasil de 1999 nos mostraron el peligro que encierra la volatilidad de los capitales. En las bolsas de valores se dan reacciones desproporcionadas ante los problemas y ellas no diferencian, a la hora del pánico de turno, las buenas de las malas políticas, los desajustes transitorios de los estructurales, las compañías buenas y solventes de las malas. ¿Cómo mitigar la volatilidad? Una posibilidad es restringir las salidas rápidas del capital. Esta opción tiene algunas características deseables, pero también es vista con mucho temor en los mercados. Otra posibilidad clara es estimular el ingreso de la inversión extranjera directa de largo plazo, que tiene un comportamiento mucho más estable que la inversión de portafolio.



Pero, por encima de todo, hay que reconocer que los riesgos se reducen por medio de buenas políticas económicas. Sin duda, la globalización impone una mayor disciplina a los gobiernos. Altos déficits fiscales, políticas públicas irresponsables, grandes déficits de cuenta corriente, tarde o temprano terminan siendo castigados por los inversionistas internacionales. Los gobiernos tienen que entender que solo con políticas públicas serias y ortodoxas se podrán ganar la credibilidad que se necesita para aminorar la volatilidad.



¿Qué ruta corresponde seguir?



Tenemos que dejar de lamentarnos por lo que ha podido ser diferente y concentrarnos en las cosas que hay por hacer. Lo que necesita Colombia no son más voces nostálgicas, sino más reformas y más democracia. El problema no está en lo que se hizo, sino en lo que se dejó de hacer.



Y una cosa nos debe quedar clara: la globalización nos trae muchas más posibilidades de progreso y crecimiento que peligros. Lo que requerimos para ser exitosos en el mundo que nos ha tocado vivir es tener claridad de metas y una enorme voluntad política para hacer las transformaciones que Colombia demanda para competir con fortuna en los mercados internacionales.
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