| 5/21/1999 12:00:00 AM

Integración siglo XXI

En los 30 años de la integración andina, lo más importante para el futuro del grupo es la fortaleza de su posición en las negociaciones del Alca.

sensaciones contradictorias. Al tiempo que se celebra una gran cumbre presidencial en Cartagena entre el 23 y el 27 de mayo, mucha gente se pregunta si el Pacto Andino es algo realmente valioso o si sería mejor cambiarlo por otra cosa. Pocos empresarios siguen de cerca la marcha de la integración y la gente todavía se sorprende cuando se entera de que desde 1996 ya no se puede hablar de Pacto Andino, pues el esquema fue reemplazado por el Sistema Andino de Integración.



Las noticias recientes tampoco parecen auspiciar la cumbre. Lo que concentra la atención es el conflicto entre Colombia y Venezuela sobre el tráfico de camiones en la frontera. La pregunta que se hace la gente es: si Venezuela dice que tiene que aplicar una salvaguardia para protegerse de la inseguridad en Colombia, ¿es posible la integración? Varias acciones tomadas por los países para restringir el comercio (Venezuela frente a Colombia con los camiones, Colombia frente al Ecuador con el arroz, Ecuador frente a Colombia con varios productos alimenticios) hacen pensar que el acuerdo no está funcionando. ¿Es eso cierto?



Los países suelen amenazar con abandonar, pero en el momento crítico no se deciden a lanzarse.



¿Medio lleno o medio vacío?



No es fácil llegar a una evaluación tajante de la integración andina. Algunos de los logros en esta década son realmente sorprendentes, en comparación con lo que se había podido hacer durante los 20 años anteriores. Pero es tanto lo que falta por alcanzar para estar a la altura de los discursos de los presidentes y los compromisos de papel, que el escepticismo es inevitable. El conflicto es permanente entre quienes ven el vaso medio lleno y quienes lo ven medio vacío.



Los optimistas están llenos de razones. El Sistema es el esfuerzo de integración de mayor trayectoria en América Latina y durante los 90 ha conocido el mayor desarrollo de su historia.



Las cifras muestran que el mercado regional es muy dinámico. Mientras que el valor en dólares de las exportaciones al mundo hechas por los países miembros del Acuerdo se multiplicaron por 7 entre 1970 y 1998, las exportaciones intrarregionales crecieron 48 veces, y las manufactureras crecieron 88 veces (las manufacturas componen más del 90% de las exportaciones intrarregionales).



Incluso cuando las cosas se ponen mal, el Acuerdo parece dar resultados: mientras que las exportaciones al mundo cayeron en casi 19% en 1998, las exportaciones intracomunitarias cayeron menos, en 5%.

Las instituciones andinas son mucho más ambiciosas que las que rigen acuerdos como el Nafta o el Mercosur. En muchas áreas se comparan con las que tiene la Unión Europea. El mandato del Sistema Andino de Integración y la Comunidad Andina no se limita al comercio y pretende crear una comunidad de naciones. La institucionalidad del sistema tiene elementos que mucha gente desconoce. Por ejemplo, los ciudadanos individuales que se sienten afectados por acciones comerciales de otros países pueden reclamar ante el Tribunal Andino de Justicia. La norma andina sobre transporte multimodal es la más avanzada de América Latina. Las normas que emiten los órganos de la comunidad tienen "aplicabilidad directa", lo que significa que una vez emitidas no tienen que ser ratificadas por los Congresos nacionales. Cuando los organismos de integración deciden que estos países deben empezar a moverse hacia la coordinación macroeconómica, por ejemplo, sus palabras tienen fuerza de ley. Al menos, eso dice la teoría.



Alberto Fujimori, presidente de Perú.



Andrés Pastrana, presidente de Colombia.





Hugo Chávez, presidente de Venezuela.





Pero quienes creen que el vaso está medio vacío también tienen argumentos. A pesar de todo lo dicho anteriormente, las exportaciones intrarregionales apenas son el 14% de las exportaciones totales del grupo. En el caso de Colombia, que aporta el 40% del total intrarregional, este mercado apenas representa la quinta parte de las exportaciones del país. Para Venezuela, los países andinos son sólo el 11% de las exportaciones totales.



El Arancel Externo Común, AEC, está lejos de ser lo que promete. Hay cuatro niveles de arancel: 5, 10, 15 y 20%, con los niveles más altos para los productos de mayor grado de elaboración. Pero Perú y Bolivia mantienen estructuras de arancel muy diferentes: Perú tiene aranceles de 12% y 20%, y Bolivia tiene un arancel plano de 10. Ecuador mantiene una larga lista de excepciones, conocida como el Anexo 2 del Acuerdo. Lo común del arancel lo tienen, fundamentalmente, Colombia y Venezuela.

Además, son numerosas las quejas de empresas sobre las restricciones ilegales que otros países imponen al acceso de ciertos productos. En Colombia, los productores de carnes, café, papa, azúcar y leche tienen fuertes quejas contra Venezuela por este motivo. La pregunta de los escépticos es: ¿vale la pena someterse a una estructura arancelaria que puede ser inconveniente y aceptar los frecuentes incumplimientos de los socios, por cuenta de un mercado que siempre va a ser una porción minoritaria de nuestras exportaciones?



Jamil Mahuad, presidente de Ecuador.



Hugo Banzer Suárez, presidente de Bolivia.



Los presidentes se reúnen para decidir el futuro de la Comunidad Andina y discutir los conflictos comerciales al más alto nivel. Al asumir Perú la presidencia de la Comunidad, se presenta la oportunidad para tomar un compromiso a fondo con la integración regional y garantizar una posición sólida en las negociaciones del Alca.









Algunos piensan que sería mejor mantener acuerdos de libre comercio con cada país para listas específicas de productos, olvidarse del esfuerzo supremo que implica construir un mercado común y buscar de una vez una vinculación más estrecha con mercados desarrollados, como el de Estados Unidos.



El Alca está aquí



Otra manera de mirar las cosas no es optimista ni pesimista, sino que parte de aceptar una realidad: si la integración se ha acelerado en la presente década, no ha sido por cuenta de un plan magistral. Y esto ni siquiera por un deseo poderoso, sino porque estos países han tenido que reconocer, a las malas, que los vecinos andinos son lo único con lo que cuentan a la hora de reunir un peso específico que haga valer sus intereses en la progresiva liberación del comercio mundial.



Varios países de la Comunidad Andina no están ahí porque crean en las posibilidades del proceso, sino porque no les conviene que éste se destruya. Venezuela y Perú coquetearon fuertemente con Mercosur, pero se han resistido a dar el salto definitivo. Esta motivación negativa ha servido para que la Comunidad Andina concretara uno de sus mayores logros en su historia: negociar con una sola vocería ante Mercosur y también ante los países del hemisferio en la construcción de la Zona de Libre Comercio de las Américas.



Hay que confiar en los instrumentos de solución de controversias.



Lo malo de esta forma de llegar a las decisiones no es la motivación, sino que siempre se actúa tarde y con metas de corto plazo. Probablemente a los países andinos les convendría reconocer que, si de todas formas van a salir a defender el proceso de integración, lo mejor es fortalecerlo de una vez y estar preparados para el momento en que se presente la prueba más fuerte: la conformación de la zona de libre comercio de las Américas en el año 2005. Cinco años no es mucho tiempo: basta recordar que el AEC se conformó en 1995.



Si se acepta esto, el objetivo prioritario debería ser eliminar las disparidades en el arancel, que profundizan las diferencias entre los países en negociaciones frente a terceros.



La otra condición necesaria para fortalecer la Comunidad es darle la categoría que ameritan los organismos del Acuerdo para solución de diferencias, es decir, la Secretaría General y el Tribunal Andino de Justicia. Los países se han abstenido de llevar sus diferencias al Tribunal, pues piensan que eso genera complicaciones políticas y, en cambio, prefieren solucionar sus disputas en el ámbito bilateral, con mecanismos que en ocasiones pueden ser poco claros. La única forma en que los mecanismos de la integración se van a desarrollar es permitiendo que se usen y que gobiernos y empresas les cojan respeto.



La cumbre es un buen momento para arreglar problemas al más alto nivel y comprometerse con el futuro. Sería bueno que los países adquirieran compromisos de fondo, empezando por Perú, que va a presidir la Comunidad durante un año. Si los empresarios supieran a qué atenerse, los resultados concretos de la integración aparecerían más rápido.
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