| 7/2/1999 12:00:00 AM

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Guillermo Calvo, el mejor macroeconomista latinoamericano, habla sobre la encrucijada colombiana. Deberíamos pedir ayuda al G7, dolarizar la economía y olvidarnos del FMI.

Guillermo Calvo es el macroeconomista latinoamericano más reconocido en la academia mundial. Este profesor de la Universidad de Maryland tiene gran influencia sobre las oficinas de los economistas jefes del BID, el Banco Mundial y el Fondo Monetario, y es de los pocos que habla de tú a tú con Larry Summers, el nuevo secretario del Tesoro de Estados Unidos. Combina una gran capacidad teórica con una extraordinaria habilidad para percibir nuevos problemas que requieren nuevas formas de pensar. La facultad de Economía de la Universidad de los Andes tuvo el acierto de invitarlo como profesor de su Escuela de Verano, donde Dinero lo entrevistó.



¿Qué nuevas cosas está viendo en el panorama económico latinoamericano?



La modalidad de financiamiento externo que nos acompañó en la última década está llegando a su fin. Entre 1989 y 1999, la globalización de los mercados de capital representó un gran flujo de inversiones de portafolio hacia Latinoamérica, que yo estimo en US$300.000 millones. Fue un resultado inesperado de los Bonos Brady. Este mercado reemplazó el crédito multilateral tradicional, el crédito bancario sindicado de los 70 y 80 y la inversión extranjera directa.



El acceso al mercado de capital bajo condiciones nuevas cambió la naturaleza del juego. Hay un mercado secundario donde la vigilancia de los inversionistas es permanente, pero ocurre bajo información imperfecta y asimétrica. Los mercados dependen de muy pocas opiniones, la fuerza del rumor es enorme y la inestabilidad y el contagio son la norma. Además, hay una enorme dependencia de la situación financiera de Estados Unidos. Creo que con el cambio esperado de las tasas de interés de la Reserva Federal (Fed), los inversionistas de portafolio que entraron en la década anterior saldrán masivamente hacia Estados Unidos. Toda Latinoamérica tiene un riesgo común: que el mercado de los bonos puede perder el apetito.



El credit crunch asociado con la salida de capitales está ocurriendo en toda América Latina, quizá con la excepción temporal de Brasil, que recibió una gran inyección de capital. Veo una tendencia de los gobiernos a utilizar su capacidad de endeudamiento para reemplazar la deuda privada por pública, muy similar a lo ocurrido en 1982, cuando nuestros países pasaron en pocos meses a acumular una deuda pública enorme. Estoy preocupado con la ceguera del Grupo de los Siete (G7) que está hablando de poner controles a la entrada de capital, lo cual es totalmente irrelevante: los bonos ya están adentro y lo que se necesitaría sería prevenir una huida. Lo que el Tesoro de Estados Unidos no ha percibido es que la huida de capitales puede generar aún más recalentamiento en la economía estadounidense, pues la transferencia de fondos mantiene artificialmente baja la tasa de interés en ese país, estimulando el gasto privado.



El aumento previsto en las tasas de interés por el director de la Reserva Federal Alan Greenspan puede replicar las condiciones de Paul Volcker en los 80, director de ese entonces, sacando al sector privado del mercado financiero, destruyendo los mercados de capital y forzando al FMI a meterse a fondo.



¿Cómo enfrentar esta nueva situación de financiamiento?



Cada vez estoy más convencido de que la pieza central de la política debe ser la dolarización. El contagio entre los mercados está generando mucha inestabilidad en cada país y reduce la credibilidad de las políticas. Una moneda única con la que podamos comercializar establemente traería progreso y crecimiento. Dado el bajo ahorro que caracteriza a los países de la región, es necesario generar un marco estable para atraer el ahorro externo.



¿Usted está en desacuerdo con Jeffrey Sachs, quien recomienda mayor flexibilidad cambiaria?



No existe hoy en realidad un esquema de flotación cambiaria puro en ningún país de la región, sino una flotación sucia, con gran intervención de los gobiernos, que ha terminado por generar gran fragilidad financiera.



El temor a la flotación se ha acompañado de tasas de interés muy altas, debido a las expectativas de devaluación, que genera ciclos de política con las autoridades atrapadas por las circunstancias y, las más de las veces, conduce a quiebras financieras y empresariales. Esto ha conducido a aumentos del riesgo país percibidos por los inversionistas externos, que anulan las posibles ventajas de la flotación. Si no se cree en la flotación, es mejor no utilizarla.



Los riesgos de la dolarización son las dificultades para enfrentar problemas de desempleo ante salarios nominales inflexibles, la inexistencia de prestamistas de última instancia y posibles problemas de deflación de deuda. Pero todos pueden ser resueltos con instrumentos complementarios de política. Para estimular la competitividad, siempre puede hacerse uso de la combinación de impuestos sobre las importaciones y subsidios a las exportaciones que, en condiciones de crisis, la Organización Mundial de Comercio (OMC) está dispuesta a aceptar. La falta de prestamistas de última instancia puede suplirse con put options, el acceso preventivo al FMI y a los bancos, o a un sistema de señoraje compartido con Estados Unidos. La incidencia de la deflación de la deuda puede aminorarse desarrollando price hedging en futuros y regulación prudencial.



¿Cuáles pueden ser modalidades de la dolarización?



La más obvia sería una dolarización regional, como un primer paso hacia una apertura comercial y financiera en toda América Latina. Pero esto tiene problemas enormes de coordinación, pues si todos los países no están, el esquema puede ser muy ineficiente. La modalidad que más me gusta sería un tratado con Estados Unidos, porque da credibilidad y permite una banca verdaderamente internacionalizada.



Bajo cualquier modalidad, la dolarización tiene un par de requisitos: tener reservas internacionales suficientes (especialmente frente a la deuda de corto plazo) para defender posibles ataques cambiarios y tener un sistema bancario relativamente estable. No creo que el equilibrio fiscal sea tan central para la decisión, porque en la mayoría de nuestros países el déficit es financiero, generado en gran medida por muy altas tasas de interés sobre la deuda pública. Aunque suene sorprendente, la dolarización puede generar un ajuste fiscal automático.



¿Qué tan relevantes cree usted que sean estas ideas para Colombia?



Yo veo que muchos países se están preparando para esta transición. En México, Costa Rica y Perú ya hay grupos de trabajo. Creo que Colombia tiene condiciones externas y fiscales que harían viable este paso. La única duda que tengo es el problema del sector financiero, que no sabemos qué tan grande es. El problema fiscal, en que ustedes hacen tanto énfasis, se puede ir remontando con esta decisión, como ocurrió en Argentina.



Si usted tuviera pleno poder político y voluntad de actuar, ¿qué recomendaría para Colombia?



La situación macroeconómica está complicada no sólo por los flujos, sino por los stocks. Ustedes tienen un problema de muchas deudas acumuladas que no son pagables. Frente a la deuda, veo tres soluciones posibles. La primera sería licuarlas vía mayor inflación, receta común en Latinoamérica en el pasado pero que ustedes siempre han evitado y evitarán. La segunda sería licuarlas con cargo a los tenedores de depósitos, como hicieron en Ecuador recientemente. Sería la solución más clara, pero muy poco viable. La tercera solución sería, entonces, fondearla con líneas de crédito internacional.



En el nuevo contexto, este crédito podría provenir del FMI. Pero el Fondo puede ofrecer pocos recursos y a plazos demasiado cortos. Y, sobre todo, tiene poca claridad intelectual sobre el destino por seguir. El Fondo sigue reaccionando a los acontecimientos, en lugar de anticiparlos. Lo digo con convicción: el FMI no tiene la capacidad intelectual de agarrar el toro por los cachos, pues no han logrado entender los problemas macroeconómicos ocasionados por los stocks de deuda y siguen concentrados en decisiones marginales sobre los flujos: menor déficit fiscal, mayor tasa de cambio... Ni el Fondo ni los gobiernos centrales han entendido que el problema macroeconómico hoy es de stocks y no de flujos.



Creo mucho más adecuado para las condiciones particulares de Colombia, tan plagada de problemas de drogas y de violencia, en un legítimo proceso de búsqueda de la paz, acudir directamente al G7 a una negociación que sería política. El presidente Pastrana, con su prestigio internacional y su acceso al gobierno de Estados Unidos, podría convocar a los donantes a exponer en forma descarnada la difícil situación y obtener recursos anuales concesionales de varios miles de millones de dólares como apoyo al proceso de paz y de erradicación de la droga. Yo llamaría al paquete "Drug for Help" que, con el apoyo del G7, generaría toda la credibilidad del mundo. Por supuesto, recomendaría la adopción de la dolarización como parte del paquete, que podría reducir enormemente el problema de credibilidad y de riesgo país que ustedes enfrentan hoy. Así podrían resolver simultáneamente sus problemas fiscales y financieros.



En estas condiciones, creo que acceder al FMI es apenas un second best (el mejor después del primero). Lidiar con el Fondo en forma creativa puede ser tan difícil como negociar con el G7. En cualquier caso, ante la gravedad de sus problemas, es mejor ensayar ideas nuevas.
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