Gasolina para el debate

| 11/5/1999 12:00:00 AM

Gasolina para el debate

El resultado de la discusión sobre el precio de la gasolina es vital para el futuro económico del país. El bienestar de todos en el largo plazo es más importante que el lucro inmediato de algunos grupos.

El Ministro de Minas y el presidente de Ecopetrol sostuvieron un enfrentamiento en multimedia durante varios días sobre el precio de la gasolina. Para entender si esto tiene mucha o poca importancia, es bueno imaginar cómo será recordado el hecho dentro de unos cuantos años.



Primera posibilidad: el episodio no estará en la memoria de nadie, con excepción de algún profesor desocupado que lo traerá a cuento como el intento tardío por encender una mecha populista, manejado acertadamente por un gobierno que no se dejó distraer de su proyecto de largo plazo.



Segunda posibilidad: los analistas lo verán como el punto de inflexión en el cual se aceleró la pérdida de capacidad del gobierno Pastrana para conducir a Colombia hacia la salida, cuando los medios de comunicación se dejaron arrastrar y perdieron su capacidad para guiar a la opinión pública frente a sus verdaderos intereses de futuro y cuando se dio el paso que anticiparía la entrega de concesiones suicidas y el triunfo del populismo en el manejo de la vivienda, las pensiones y el gasto regional.



Esta visión parecerá tremendista, pero no lo es. Los beneficios de la liberación del precio de la gasolina han sido muchos, pero para la mayoría de la gente no es fácil verlos porque para hacerlo hay que estar dispuesto a considerar las cosas en el largo plazo. Los costos, en cambio, han sido pequeños, pero parecen muy altos cuando se sintetizan en una cifra: el aumento de 42% entre el precio de la gasolina entre enero y octubre de 1999.



Es necesario ir por partes. Lo primero es entender el verdadero significado de ese porcentaje de aumento. A primera vista es transparente, pues el precio de la gasolina sí se ha incrementado en 42% desde enero, cuando el precio había bajado como primer impacto de la liberación. Pero, ¿significa esto que la gente ha tenido que gastar 42% más en combustible que en el año anterior? No, porque el precio ha subido y vuelto a bajar varias veces en el curso del año. El verdadero aumento en el gasto está dado por el precio promedio de la gasolina en 1999, el cual ha sido $1.970. Esto implica un incremento de 14,5% frente al precio pagado en diciembre. Vale la pena tener en cuenta que el transporte público de pasajeros ha tenido un aumento de 22,75% en promedio. Ahora los transportadores están felices esperando un aumento de tarifas que les "compense" el aumento en el precio de la gasolina.



El gobierno debe defender los intereses de largo plazo de la sociedad por encima de los inconvenientes políticos inmediatos.





Entre tanto, los beneficios han sido numerosos. El principal de ellos es que ha sido posible desvincular los movimientos en el precio de la gasolina del incremento en la inflación. Pocos lo recuerdan ahora, pero durante décadas el aumento del precio de la gasolina dio inicio al ritual de aumentos de toda la cadena de precios en la economía. Subía la gasolina y luego subía todo lo demás, hasta que Colombia consolidó el proceso de inflación inercial más estable y consistente del mundo, en un arreglo que beneficiaba a todos menos a los consumidores.



A las empresas les convenía porque así tenían garantizada la supervivencia a pesar de sus múltiples ineficiencias, que eran pagadas por el consumidor. Al gobierno le convenía porque la permanente inflación le permitía mantener elevados niveles de gasto que, en últimas, eran pagados por los consumidores por medio de la confiscación del poder adquisitivo de su ingreso que en últimas es la inflación. La alta inflación era una máquina efectiva que trabajaba con regularidad y sin ruido para transferir los ingresos de los pobres y los empleados a los dueños de las empresas y al gobierno.



Además, la liberación del precio de la gasolina significa la reducción de un subsidio extraordinariamente regresivo, que implicaba usar recursos del Estado por US$500 millones anuales, que podrían emplearse en educación y subsidios de salud para los pobres, con el fin de facilitar el uso de sus automóviles a las clases media y alta, incrementando la contaminación y el costo económico de la pérdida de tiempo de miles de personas en el congestionado tráfico de las grandes ciudades.



Y también implica la posibilidad de atraer al país nueva inversión en exploración, refinación y distribución de petróleo, para evitar una catástrofe de balanza de pagos en un plazo determinado.



Pero el efecto más poderoso ha sido político. Con la liberación del precio de la gasolina, el gobierno ha mostrado que tiene la capacidad de enfrentar esa conspiración silenciosa de intereses que se benefician con la inflación y que ha sido responsable de la pérdida de oportunidades para Colombia durante décadas. Ceder ante ellos sería una señal clara para el avance de todos los demás grupos de interés que impiden el triunfo del interés común. La liberación del precio de la gasolina puede parecer inconveniente en el corto plazo, pero no lo es en una trayectoria larga.

En 1999 el precio de la gasolina ha sido en promedio de $1.970.





El precio del petróleo ha subido, pero nadie espera que se quede en los niveles que tiene ahora: volverá a bajar. Por su parte, valdría la pena que los medios resistieran la tentación de sentirse árbitros de la farándula, vieran más allá del altercado entre dos funcionarios e informaran mejor a sus audiencias sobre las implicaciones de lo que está ocurriendo. En cuanto al gobierno, tiene que resistir y cumplir su promesa de defender los intereses de largo plazo de la sociedad por encima de los inconvenientes políticos inmediatos. De todas las promesas que ha hecho, esta es tal vez la más importante y la que ha estado más cerca de cumplir.
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