| 7/2/1999 12:00:00 AM

¿Esperanza o espejismo?

El optimismo con que ha sido recibido el nuevo gobierno le abre todas las puertas. Pero si no toma decisiones pronto, tendrá problemas mayores.

La elección del nuevo Presidente logró lo que las autoridades no habían podido en muchos meses: calmar el ánimo de los especuladores cambiarios. El dólar se despegó del techo de la banda, la tasa interbancaria cedió y los precios de las acciones se recuperaron.



La confirmación de que Juan Camilo Restrepo, cabeza de nuestro Dream Team de la edición No. 60, será el nuevo Ministro de Hacienda fue muy bien recibida en los círculos empresariales y en el mercado financiero internacional. Sus declaraciones en el sentido de que habrá un ajuste fiscal severo y se mantendrá la estabilidad cambiaria generaron una calma y un optimismo que hoy parecen exóticos en nuestro mercado.



¿Qué puede ser más favorable hoy para Colombia que salir del pesimismo político y encontrarse con un repentino optimismo empresarial? Sólo una cosa: que el nuevo gobierno sepa interpretar el júbilo con que fue recibido no como un alivio, sino como un mandato contundente para cambiar las cosas tan pronto sea posible.



Ningún gobierno nuevo ha encontrado un hueco por financiar como el que espera a Juan Camilo Restrepo: más de 3% del PIB.



Un boom riesgoso



Paradójicamente, la espuma de optimismo que atraviesa el país puede aumentar los peligros. Primero, por un factor puramente económico: al disminuir el riesgo político percibido por los inversionistas, los flujos de capital podrían cambiar de signo. En vez de salir, los capitales pueden comenzar a entrar. Los mayores recursos externos presionarían un debilitamiento del dólar y permitirían un financiamiento menos traumático del déficit fiscal. La crisis de fundamentos que hoy está en el corazón de nuestros problemas económicos se multiplicaría.



Pero hay un segundo riesgo de corte político. Al coincidir la interrupción del ataque cambiario con la elección de nuevo presidente, muchos podrían sobredimensionar el impacto de la crisis política en la situación económica de hecho, así lo han interpretado los más altos funcionarios del gobierno Samper. Y podría pensarse que el nuevo Presidente cuenta con un período amplio de respiro para tomar decisiones y que ellas podrían ocurrir gradualmente.



Pero el nuevo equipo económico no debe dejarse llevar por falsas ilusiones. Detrás del ataque especulativo sobre el peso hay mucho más que incertidumbre política. Ha habido desconfianza sobre la voluntad y la capacidad de las autoridades económicas durante el gobierno de Samper para emprender el ajuste estructural en los campos fiscal y externo. Esto no se modificará en forma permanente con el simple cambio de autoridades, sino con la adopción de medidas que creen los cimientos macroeconómicos para el verdadero cambio.



Un toque de realismo



Es bueno que el país se permita un respiro, pero después de la primera semana de jolgorio llega la hora del realismo para el nuevo equipo económico.



Después de la primera semana de jolgorio, llega la hora del realismo.



El gobierno Samper ha convencido a muchos de que el problema fiscal no es tan grave y que, incluso si lo fuera, su carácter estructural impide corregirlo con rapidez. Dinero considera que nada de esto es cierto: el problema fiscal es demasiado grave y un gobierno con voluntad política sí puede resolverlo eficazmente.



El problema es grave porque el déficit de 1998 es insostenible y porque la tendencia prevista para los próximos tres años, si no se la ataca de frente, es explosiva. De acuerdo con las tendencias de gasto e ingresos, 1998 tiene un hueco fiscal por más de $6 billones, o un 4,8% del PIB. El gobierno saliente no logró conseguir el financiamiento para semejante faltante y más bien hizo todo lo posible para posponer los pagos, que ya alcanzan el 2,8% del PIB. Tan pronto como empiece a ejercer sus funciones, Juan Camilo Restrepo deberá enfrentar el mayor faltante de financiamiento que haya encontrado ministro alguno: más de 3 puntos del PIB.



Y deberá tomar su primera decisión: ¿el déficit inmediato debe financiarse, posponerse o ajustarse? Después de analizar con cuidado las cifras, nuestra recomendación es que ajuste medio punto del PIB en gastos recortables, posponga pagos por gastos de inversión por otro punto y financie el 50% restante. Un recorte así en las dos primeras semanas del gobierno daría la mejor señal al mundo financiero de la voluntad de hacer un ajuste fiscal en serio.



Pero lo más grave es que las tendencias son, además, explosivas. El cuadro 1 indica que el déficit primario del gobierno central (es decir, sin incluir el pago de intereses) podría aumentar más de un punto del PIB en 1999 y desde entonces se estabilizaría en ese alto nivel. La causa está en el crecimiento de las transferencias diferentes a las de las entidades territoriales, en las que el gobierno Samper ha ocultado contablemente gran parte de sus irresponsables decisiones burocráticas y clientelistas, que les atribuye a los entes locales. Por su parte, el mayor pago por intereses llevaría el déficit total a 6,3% del PIB en 1999, y al 7,8% del PIB en el 2002. Antes de llegar a esos niveles, la economía habría entrado en colapso.



Un programa integral de ajuste debe romper radicalmente estas tendencias de debilitamiento de los ingresos y aumento del gasto del gobierno central. El nuevo gobierno debería actuar rápido en todos los frentes de ingresos y gastos para eliminar el déficit primario en 1999 y generar un superávit primario de 1 punto del PIB a partir de entonces.



Ello puede lograrse en los primeros dos meses de gobierno, trabajando sobre la Ley de Presupuesto de 1999 y con un ambicioso paquete fiscal, combinando tres tipos de acciones. En el frente de los ingresos, la reducción de la evasión y la inclusión de nuevos sujetos y objetos de tributación, una sobretasa a la gasolina y posponer la reducción del IVA podrían aumentar sustancialmente el recaudo. Por el lado del gasto corriente, un programa de austeridad que apunte a una reducción del 10% real de la nómina, las compras de bienes y las transferencias distintas de la descentralización serían satisfactorias. La inversión pública, finalmente, debería recortarse en 1 punto del PIB.



Como lo indica el cuadro 2, tal reducción puede hacerse eliminando compromisos legales que no requieren, en el corto plazo, ajustes constitucionales y permitirían ahorrar $1,6 billones. En caso de que el Congreso no los acepte, el gobierno debería estar preparado para tomar estas decisiones por la vía de la emergencia económica.



Más allá de lo anterior, durante su primer año el gobierno Pastrana debe buscar una reforma a dos artículos de la Constitución que permitan congelar a partir del año 2000 el crecimiento de las transferencias territoriales e incorporar las regalías a las transferencias corrientes de la Nación.



La reforma sustancial del gasto militar será parte esencial de la sostenibilidad fiscal en la segunda parte del gobierno. Así mismo, tendrá que poner en marcha un programa de reingeniería de la deuda, que le permita una reducción del crecimiento de la deuda pública, del costo de servirla y de la oportunidad de su pago. Como lo indica el cuadro 3, este programa permitiría que las finanzas del gobierno central lograran a partir del año 2000 un equilibrio sostenible.



Es posible, entonces, idear y aplicar un programa de severo ajuste fiscal que elimine en los dos primeros años del nuevo gobierno todo el desequilibrio heredado de los últimos cuatro años, reforzando la descentralización y minimizando el impacto sobre los sectores sociales.



Es comprensible que en sus primeras declaraciones públicas el nuevo Ministro de Hacienda se haya limitado a unas metas tímidas y a abordar sólo unos escasos instrumentos fiscales. Pero cuando asuma el mando de las finanzas de la Nación deberá ir mucho más lejos de lo que nos ha permitido ver hasta ahora, hacia una visión integral y estratégica.



Cuanto más rápido e integral sea el ajuste, más fuerte será el contraste con el gobierno saliente, menor será su costo sobre el crecimiento y mayor el tiempo disponible en la segunda mitad del gobierno para cosechar los frutos. El Plan de Desarrollo, que el gobierno Pastrana deberá presentar rápidamente al Congreso, tendrá que dejar de ser un catálogo de promesas que sólo generan frustraciones sociales, para convertirse en una camisa de fuerza que haga consistente y sostenible el programa de reconstrucción fiscal.



Pero la estrategia de ajuste macroeconómico no puede limitarse al campo fiscal, sino que deberá enfrentar los graves desequilibrios externos y financieros que afectan hoy a Colombia. La prolongación de las altas tasas de interés no es consistente con la sostenibilidad del sistema financiero que hoy tenemos. Los costos para el tesoro público de un salvamento de muchos bancos y corporaciones podría representar varios miles de millones de dólares y borrar con creces todo el esfuerzo fiscal en que hemos insistido.



Por otro lado, la estrategia de defensa de la banda cambiaria, fijada por la Junta del Banco en otro contexto de política fiscal, deberá ser revisada en las primeras semanas del gobierno Pastrana, si no antes. Ante el inevitable ajuste fiscal y la pérdida acumulada de competitividad de la economía colombiana, el próximo gobierno no podrá programar su estrategia de crecimiento económico y generación de empleo sobre la base de la tasa de cambio real actual. Como lo hemos indicado en anteriores ediciones, para recuperar ritmos sensatos de crecimiento de la actividad económica y del empleo, la economía colombiana va a necesitar una tasa de cambio real sostenible entre 20 y 30 puntos superior a la actual.



El problema fiscal es demasiado grave, pero no es tan dificil encontrarle una solución rápida y sostenible.



Esta es la verdadera tarea en la que deberá poner todo su empeño el nuevo equipo económico que se posesionará el 7 de agosto. Identificar la forma concreta de combinar los instrumentos fiscales y monetarios para eliminar el déficit fiscal, ajustar la tasa de cambio y mantener la estabilidad financiera no es fácil. La señal de optimismo con que ha recibido el país el nuevo aire no debe crear falsas ilusiones. La más profunda crisis económica de la posguerra no ha terminado. El nuevo gobierno tendrá que exhibir grandes dosis de imaginación, valor y persistencia, si quiere pasar a la historia no como una gran desilusión sino como el gran generador del cambio.
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