| 3/4/1998 12:00:00 AM

El envejecimiento del poder

Algunos vapores extraños rondan el solio presidencial, nadie se salva de las vejaciones que deja en el rostro conducir este país.

Guerreros



Belisario Betancur dio rienda suelta a la vanidad el día de su posesión y decidió que las gafas no jugaban con la banda presidencial. Cuando las volvio a colgar de su nariz ya era tarde, el Palacio de Justicia chamuscaba sus blancas cejas y el no se puede se apoderó de sus ojeras y de su batracia papada.



César Gaviria, abriendo sus brazos en forma de V de victoria y con su voz de contralto nos invitó al futuro... futuro de patas de gallina, de insaciables canas que con alegría pereirana se tomaron sus sienes y cuanto cráneo encontraron. Había que inventarse algo y a pedir de boca llegó la apertura con sus Bigen, sus Grecian Formula, y sus Just for Men, que como dirían los cepalinos para nada sirvieron, el secretario de la OEA hoy se pasea orondo con su pinta de ratón de panadería.



Ernesto Samper es el lamentable retrato de que todo lo que le hacen a uno a sus espaldas le queda grabado de por vida en la frente, en la aleve alopecia, en los generosos cachetes y en su cuello buche de paloma. Lo que no pudo la manoseada justicia lo cobraron con creces los fantasmas de las arrugas y las nieves que habitan la Casa de Nariño.



La revista Dinero y Guerreros los invitan a un proceso degenerativo con los candidatos presidenciales quienes, a pesar del ácido glicólico, del oxígeno líquido, de las mascarillas de barro o de lengua de vaca, en el 2002 verán que el poder no pasa en vano.
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