| 11/19/1999 12:00:00 AM

El "Disenso" de Washington

El Consenso de Washington, que ha suscitado un enconado debate en Colombia, ha dejado de existir. Entrevista con Moisés Naím, el intelectual latinoamericano más influyente en Washington.

El Consenso de Washington fue el movimiento intelectual más importante de finales de la década de los 80 que acompañó los cambios de la mayoría de los países de América Latina. Pero diez años después, muchas cosas han cambiado. El consenso más parece un "disenso", porque la receta del crecimiento y la prosperidad ya no es tan clara para los países de la región.

¿Existe todavía un conjunto de ideas que guíe la acción de Washington, del gobierno estadounidense y de las entidades multilaterales acerca de las reformas económicas que requeriría hoy un país en problemas como Colombia?

Moisés Naím, el intelectual latinoamericano con más influencia en los círculos del poder de Washington, cree que el consenso de Washington ha tenido una evolución positiva hacia una perspectiva más realista y menos radical frente a cuáles son las salidas de América Latina. Decano durante muchos años del prestigioso TESA (Instituto de Estudios Superiores de Administración) de Caracas, ex ministro de Industria de Venezuela, miembro del Carnegie Endowment y hoy editor de la revista Foreign Policy, Naím provocó un enorme debate en la conferencia sobre reformas de segunda generación convocada por el Fondo Mo. netario Internacional en sus cuarteles en Washington.

¿Qué se entiende por el Consenso de Washington?

El Consenso de Washington es la marca global más exitosa que ideología económica alguna haya tenido en las últimas dos décadas. Se originó en el resumen de John Williamson en un seminario organizado por el Instituto de Economía Internacional a finales de los 80, en el cual participaron colombianos ilustres como Miguel Urrutia o Rudy Hommes. En aquel entonces, se había generado un relativo consenso entre los intelectuales latinoamericanos, los técnicos de las entidades multilaterales y los círculos políticos estadounidenses

alrededor de diez puntos para superar los problemas que las economías enfrentaban. Estos puntos eran:

1. Disciplina fiscal

2. Reorientación del gasto público

3. Reforma tributarla

4. Liberalización financiera

5. Tasa de cambio unificada y competitiva

6. Liberalización comercial

7. Eliminación de barreras a la inversión extranjera

8. Privatización de empresas públicas

9. Promoción de la competencia y

10. Protección de derechos de propiedad.

El llamado Consenso de Washington tomó vida propia como una marca global que transmitía el mensaje sobre el tipo de desarrollo económico y de reformas de mercado que un país pobre debería emprender para volverse más prospero. ¿Por qué? Por razones globales: llenó un vacío ideológico en el momento oportuno, justo después de la caída del muro de Berlín, cuando tanto las economías de Europa Oriental como las latinoamericanas requerían ideas de reforma. Pero también por razones prácticas: porque sus ideas fueron fáciles de entender, porque inspiraban una clara dirección para la acción y, no menos importante, porque al contar con el soporte de las instituciones financieras de Washington, prometían soporte a quienes las llevaran adelante.

¿Y estas ideas han sido tan poderosas, aceptadas y efectivas como guía de reforma económica?

Aunque hubo una relativa convergencia entre muchos intelectuales y políticos sobre las prioridades, la interpretación e implementación de tales ideas en los países fue muy distinta. Y el que haya sido tan dife. rente quizá explique por qué los resultados no fueron los esperados y prometidos. Pero también he encontrado que durante la década de los 90, el eje del consenso ha experimentado enormes mutaciones y recortes. Incluso algunos individuos influyentes en el ambiente intelectual de Washington, que creían en los mercados, han ido presentando crecientes diferencias. ¿Y cómo se ha manifestado esta creciente falta de acuerdo ("disenso') sobre las políticas de nuestros países? En principio, han aparecido nuevos conceptos. De estabilización macro y reformas estructurales se ha pasado a hablar de gobemabilidad, transparencia y desarrollo institucional. La crítica a los Estados fuertes ha sido reemplazada por la preocupación por los Estados débiles. La preocupación por establecer correctamente los precios (getting the prices right) ha sido reemplazada por establecer el imperio de la ley. La inversión en infraestructura por el desarrollo del capital social. La sostenibilidad de las reformas por la sostenibilidad de las democracias. La pobreza por la desigualdad. Palabras como contagio, rescate, dolarización, transparencia, gobemabilidad y globalización entraron al vocabulario internacional.

Pero en realidad, esta confusión ha representado una creciente complejidad para las tareas de reforma que los países quieren enfrentar. Lo que los gestores de política antes veían como los objetivos de política que garantizarían el éxito de las reformas, ahora lo tienen que ver como precondiciones, nunca suficientes, para el éxito. Se creía que unos fundamentales sanos eran garantía para la estabilidad y el crecimiento. Pero después de México se incluyó el ahorro para evitar la inestabilidad financiera. Y después de Corea, donde había buenos fundamentales y además enorme ahorro, se descubrió que también se necesitaban buenas reglas de gobernabilidad en el sector privado para evitar el de nuevo descubierto crony capitalism (capitalismo de manguala).

- ¿Es posible encontrar regularidades en la evolución de las ideas después del Consenso de Washington?

La evolución del pensamiento sobre las reformas de mercado puede seguirse por cuatro grandes descubrimientos de los 90: la ortodoxia económica, las instituciones, la globalización y el subdesarrollo.

Uno de los logros más interesantes de este artificio ideológico del Consenso de Washington es que acercó el viejo discurso del desarrollo económico con el de los economistas del mainstream. En lugar de la protección de los sectores líderes, los planes de expansión de las empresas públicas y la discrecionalidad fiscal y monetaria, todos aceptaron que los equilibrios fiscales y monetarios eran tan convenientes como los libres flujos de comercio e inversión extranjera. Esto rompió con la vieja teoría dependentista, que alimentó tantos errores de política en nuestros países. Este acuerdo solo permaneció durante la primera ola de reformas, concentradas en decisiones técnicamente razonables.

Pero pronto se descubrió la importancia de las instituciones. En 1994, los reformadores se enfrentaron con la irrupción de Chiapas, un campanazo de alerta

más cercano a Estados Unidos que el previo intento golpista del coronel Chávez en Venezuela. Y descubrieron la necesidad de instituciones efectivas para llevar a cabo las reformas más complejas, que yo he denominado de segunda generación. Este campo, que ya había enfatizado la vieja teoría del desarrollo, ha carecido de buena teoría, lo cual, paradójicamente, no ha impedido que la ignorancia guíe la acción.

¿Cuál es el impacto de la globalización?

El tercer descubrimiento en los 90 fue, paradójicamente, el de la globalización. Las ideas del Consenso no previeron cómo enfrentar la inestabilidad financiera que se derivaba de la globalización, que condujo sorpresivamente a graves crisis financieras en más de 20 países en los últimos cinco años. Este tercer descubrimiento ha sido la fuente de los mayores desacuerdos actuales en materia de política. La discusión sobre los regímenes cambiarlos se ha hecho más compleja, aunque puede decirse que ha habido convergencia hacia la idea de su flexibilización. La discusión sobre el control a la cuenta de capitales se ha vuelto un poco irrelevante cuando los capitales ya no están entrando, sino saliendo de los países en desarrollo. Mas agudos aún son los desacuerdos sobre la reflación de las economías ante la crisis de balanza de pagos o sobre la arquitectura financiera global. Stanley Fischer, del Fondo Monetario, insiste en defender, con el apoyo (te Rudiger l)ornbusch, la política fiscal contraccionista y los altos intereses como blindaje en caso de ataques cambiarlos, así el costo de deflacionar la producción y el empleo sea evidente. Jeffrey Sachs, Joseph Stiglitz y Paul Krugman creen, por el contrario, en estabilizar la producción con políticas monetarias y cambiarlas reflacionarias. Finalmente, el establecimiento de Washington ha descubierto el subdesarrollo en su vieja dimensión.

¿Cómo podríamos enfrentar Ja era del "disenso" de Washington?

Los 90 comenzaron con la expectativa compartida de que una combinación de sanos fundamentos macroeconórnicos v orientación al mercado era el tiquete para la prosperidad. La década está terminando con una comprensión más frustrante pero también más realista de que la macroeconomía sana no es un fin sino una precondición para el éxito. También es claro que la receta para la prosperidad tiene muchos ingredientes adicionales, pero que la exactas cantidades de cada uno de ellos, su mezcla y su secuencia todavía no se conocen.

¿Perdimos la década de los 90? Creo que la década ha dejado un rico legado sobre la identificación de las áreas donde se requiere concentrar la acción y la búsqueda de ideas de política que atraigan niveles significativos de consenso. Yo las agruparía en cinco categorías, con la ventaja memotécnica que todas empiezan por "I". Primero, estabilidad Internacional. La volatilidad financiera de la globalización llegó para quedarse y los países tienen que desarrollar arreglos institucionales para mitigar el impacto de los choques que seguramente vendrán. Segundo, Inversión, pues nada ha sido más ignorado durante la década y es más importante para el nuevo siglo. Tercero, Inequidad, pues con seguridad se convertirá en la arena de batalla política que fue la pobreza en los 90. Cuarto, Instituciones, donde resulta evidente la necesidad de tener, ante todo, un sector público que funcione. E Ideología, pues el mundo en desarrollo está ansioso por encontrar un modelo realmente alternativo.

Yo me pregunto al final de toda esta discusión lo siguiente: ¿qué cree usted que cambia con mayor frecuencia: los diseños de política económica provenientes de Washington y Wall Street para países emergentes, o los diseños de moda provenientes de París o Milán sobre el ancho de las corbatas o la altura ole las faldas?

La diferencia, por supuesto, es que las modas de política afectan la vida de millones de personas y definen las posibilidades de nuestros hijos por un futuro mejor.
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