| 8/19/2005 12:00:00 AM

El desafío del desarrollo tecnológico

Aunque han mostrado su capacidad, los centros de desarrollo tecnológico atraviesan dificultades que se deberán solucionar, si el país quiere apuntalar su competitividad.

Los centros de desarrollo tecnológico, encargados de crear nuevas tecnologías para el sector privado, están en serios aprietos financieros que amenazan su sostenibilidad. Aunque no hay cifras oficiales, estudios preliminares de Colciencias indican que enfrentan una preocupante disminución en sus ingresos. Y a pesar de que su rentabilidad ha mejorado, las pérdidas sufridas en años anteriores fueron sustanciales.

Concebidos como parte esencial del Sistema Nacional de Innovación, en el país hay más de 50 centros que cubren casi todos los sectores económicos. De la mano de las universidades y grupos de investigación, ellos se encargan de transferir y desarrollar nuevas tecnologías aplicadas a las necesidades del sector productivo. Sin embargo, a diez años de haber recibido su primer gran impulso cuando Colciencias les otorgó capital semilla por alrededor de $400 millones a cada uno, muchos están lidiando con la falta de recursos, la escasa demanda empresarial por proyectos de innovación y desarrollo y la competencia de quienes eran sus aliados naturales: las universidades. Aunque han diseñado estrategias para mitigar esta situación, si el país quiere mejorar su competitividad será necesario un cambio en la cultura empresarial y, también, que los centros replanteen su modelo para fomentar un mayor acercamiento con las empresas.



¿Dónde están

la plata y la demanda?

No es sorprendente que el primer escollo que aducen la gran mayoría de centros es la falta de recursos. Aunque entre 1995 y 2003 Colciencias les entregó $18.700 millones para proyectos de alto contenido tecnológico y de innovación, el presupuesto de la entidad se ha disminuido y con él, los recursos para los centros. Desde hace unos años, Colciencias no entrega recursos destinados a inversiones en el fortalecimiento de estos centros. Adicionalmente, el Sena dejó de apoyarlos como resultado de su reestructuración estratégica.

Pero lo más preocupante, dicen los centros, es la escasa demanda de las empresas por proyectos de investigación y desarrollo, que son los que generan conocimiento y nuevas tecnologías. Las contrapartidas empresariales necesarias para realizarlos representan cerca del 50% de los ingresos de los centros. Más aún, estos proyectos jalonan otras contrapartidas de universidades y entidades territoriales y extranjeras, entre otras, que completan cerca del 75% de los ingresos de los centros.

Si bien no se puede generalizar, los centros se quejan de que sus empresarios sencillamente no entienden la importancia de la innovación y el desarrollo tecnológico. "No tienen la visión", dice Jairo Torres, de Cenpapel. Y si se interesan, "prefieren copiar tecnologías en lugar de desarrollar nuevas", agrega Ómar Barraza, director de Cenpack.

El problema puede ser peor. Las empresas colombianas están más atrasadas hoy que hace 20 años, dice Rodrigo Álvarez, de Artífice, consultora en temas de productividad y competitividad, lo que explicaría por qué apenas les piden a los centros soluciones a problemas técnicos de poca envergadura. Biotec, centro de biotecnología del Valle, puede ilustrar la problemática. El centro ha desarrollado productos y servicios comercializables, pero, como dice su directora Myriam Sánchez, "de esto no se vive". Biotec desarrolló un biofiltro en conjunto con Sucromiles, pero todavía no se ha vendido ni uno. Además, "¿cuánta demanda puede haber por el servicio de microinjertación de guanábana, cuando solo hay 10.000 hectáreas sembradas en Colombia en un sector poco tecnificado?", se pregunta.

La situación para estos centros es difícil. Por un lado, cargan con los altos costos de equipos y laboratorios y nóminas repletas de personal con maestrías y doctorados. Por otro, sus grandes proyectos de investigación y desarrollo requieren etapas de preproyecto que pueden durar años y para las cuales no es fácil encontrar financiación. Más aún, los proyectos en sí no son necesariamente rentables dada la estrechez de la cofinanciación estatal y las limitaciones en los rubros financiables de estas partidas.

En respuesta, los centros han diversificado sus ingresos al ofrecer a las consultorías técnicas y capacitaciones. Desde 2000 hasta 2003, la proporción de los ingresos de los centros por capacitaciones ha crecido de 51% a 60%. Si bien deben transferir tecnología, para lo cual las capacitaciones son esenciales, también deben desarrollarla y su concentración en otros temas desvía su tarea. "No queremos dedicarnos a proyectos de consultoría. ¿Quién va a investigar?", dice Sánchez, de Biotec.



Hay que ensuciarse

Lejos de la torre de marfil, y quizás con un poco de humildad, los centros se han tenido que adaptarse a las realidades de la empresa colombiana para encontrar su apoyo. Como dice Álvarez, de Artífice, con el empresario "hay que bajarse de las nubes y no se puede jugar a inventar". Es decir, hay que llegarle con proyectos concretos y aterrizados a su realidad.

Entendiendo que el conocimiento no solo se genera en el laboratorio sino en las entrañas de la empresa, dice Jorge Panqueva, director del Centro de Corrosión, la entidad ha empezado a convertir pequeñas consultorías en grandes proyectos. La idea es diagnosticar un problema puntual y de ahí generar proyectos de mayor envergadura que la empresa no ve. Esto es clave, dice Panqueva, dado que un proyecto definido se puede comercializar y no al revés.

Por otro lado, el Instituto Colombiano del Plástico y Caucho ha desarrollado tecnologías de producción de bajos volúmenes, más acordes con el mercado colombiano, y se ha adaptado al ritmo de la industria que es "el que hay que tener", dice Alberto Naranjo, su director. Por su parte, Biotec cree en las investigaciones participativas que son más rápidas y menos costosas, dice Sánchez. La idea es comprometer a las partes -cultivador, industrial e investigador- desde el inicio. Así, inmediatamente, se tiene un producto demandable en el mercado, agrega Sánchez.



El otro eslabón

Por otra parte, la idea era que los centros trabajaran en estrecha colaboración con las universidades aplicando el conocimiento generado por ellas. Sin embargo, esto no ha sido del todo claro y lo que se ha presentado es más bien competencia. Si bien hay casos de cooperación entre ambas partes, las universidades son cada día más agresivas para conseguir proyectos de investigación aplicada con las empresas. Universidades como la del Norte, en Barranquilla, la Nacional y la de Antioquia han creado unidades especializadas en buscar y apoyar proyectos con la empresa privada. Adicionalmente, la idea era que los centros fueran virtuales y unieran las necesidades del sector privado con las instalaciones de la academia. Sin embargo, esto no ha funcionado del todo, lo cual se evidencia en la proliferación de instalaciones parecidas ubicadas en las mismas ciudades y trabajando en los mismos temas.

El desempeño de los centros en cuanto al desarrollo de innovaciones ha sido bueno, asegura Colciencias. Sin embargo, para garantizar su supervivencia y pertinencia, es necesario que replanteen sus relaciones con la empresa privada para convertirse ellos mismos en generadores de proyectos que les permitan hacer investigación y desarrollo, y que venzan la reticencia de los empresarios a buscar ayuda nacional a sus problemas. Por su parte, los integrantes del sector tienen varias propuestas para fortalecerlos, como la creación de líneas de crédito especiales para capital de trabajo, mientras se reducen los costos fijos de los centros al hacerlos más virtuales. Otras apuntan a fortalecer sus capacidades para gerenciar y vender el conocimiento. Todas requerirán un sustancial esfuerzo de los actores estatal, privado, academia y, sobre todo, de los centros de desarrollo tecnológico para que se produzca el cambio que el país necesita.
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