Educación de calidad

| 8/9/2002 12:00:00 AM

Educación de calidad

La cultura de la evaluación de la calidad de la educación superior toma una fuerza inesperada. La sociedad debe tomar nota de los programas que se han esforzado por alcanzar la excelencia.

El interés por mejorar la calidad educativa mediante la acreditación voluntaria de programas académicos de pregrado se está convirtiendo en todo un fenómeno. "Hace dos años, la acreditación de excelencia en educación superior despertaba muy pocos afectos en la comunidad académica y no alcanzábamos a imaginar el interés exponencial que pronto suscitaría", dice el saliente ministro de Educación, Francisco Lloreda.



Las cifras son contundentes. Mientras en 1998 había 7 programas de pregrado acreditados por su excelencia, hoy 137 programas tienen este sello, correspondientes a 79 universidades de las cuales un 20% son oficiales y el resto privadas (ver página 80). Y en este momento, según el Consejo Nacional de Acreditación (CNA), la entidad encargada de aplicar el modelo, otros 305 programas de pregrado están adelantando este proceso.



A pesar de la explosión, falta camino por recorrer. Los programas de pregrado acreditados representan apenas 5,3% del total existente, que suman más de 2.500, un volumen producto de la inacción del Estado ante el desmesurado crecimiento del sector en la década de los 90.



A su vez, la acreditación requiere avances paralelos en materia de exámenes del Estado, estándares mínimos, y mecanismos de inspección y vigilancia. Así mismo, es trascendental que la información resultante de la aplicación de estos instrumentos sea conocida y apropiada por la sociedad. De lo contrario, la cultura de la rendición de cuentas que comienza a sembrarse en el país no se consolidará.



Ahora más que nunca es relevante entender qué fuerzas están detrás del auge, en qué consiste la acreditación, cómo se logra y, de manera importante, qué beneficios reporta a los estudiantes y los programas.



Los programas de maestría y doctorado no se han quedado atrás. La Comisión Nacional de Doctorados y Maestrías (CNDM) adelanta una labor monumental para actualizar las autorizaciones en estos otros programas de educación superior, que tienen que surtir un estricto proceso de escrutinio para asegurar su calidad. En consecuencia, Dinero también presenta una lista actualizada de estos programas (ver página 82) para brindar un panorama más completo de los programas de calidad que se ofrecen en el país.



El auge



El frenesí por alcanzar un reconocimiento a la calidad académica mediante el proceso de acreditación voluntaria de programas de pregrado tiene varias explicaciones. Varios de los rectores consultados por Dinero afirmaron que al principio el sistema generaba desconfianza, pero poco a poco esto ha ido cambiando, en gran medida por la juiciosa y seria labor realizada por los académicos que integran el CNA. Además, la confianza en el sistema de acreditación también creció porque el CNA decidió acreditar programas y no instituciones como se hizo en Chile y, a su vez, lo hizo voluntario. Esto facilitó el proceso de aprendizaje sobre el sistema.



Pero quizá la razón más poderosa de la explosión de acreditaciones es que paulatinamente el proceso se va convirtiendo en un factor de competitividad en el mercado y de legitimación de los programas. Durante la década del 90, se presentó una proliferación de instituciones y carreras universitarias en el país, mientras el Estado mantenía una supervisión a todas luces laxa y deficiente. Las instituciones aumentaron en un 14%, para alcanzar un total de 281 en 1999, y el número de programas se multiplicó y ese año alcanzó un total de 4.015. La calidad de los programas ofrecidos fue muy cuestionada, en gran parte por el caos imperante y también por la falta de institucionalidad en el sector de educación superior.



En la medida en que instituciones consolidadas y reconocidas han acreditado sus programas, el resto ha seguido el ejemplo. En varios casos, algunas instituciones han tenido que hacer grandes esfuerzos para demostrar la alta calidad de sus programas.



Tras la acreditación



El modelo de acreditación de excelencia en pregrado, creado mediante la Ley 30 de 1992 y que comenzó a funcionar en serio hace 4 años, representa un gran reto para las instituciones que quieren conseguir este sello de calidad. El proceso contempla tres grandes etapas, que se deben cumplir de manera sucesiva: la autoevaluación; la evaluación de pares académicos; y, por último, la evaluación final.



* La autoevaluación, hecha por las instituciones, trabaja sobre el supuesto de que estas tienen una capacidad de autorreflexión profunda y sincera, y pueden valorar sus aciertos y desaciertos. Las instituciones utilizan guías con criterios y características de calidad definidos por el CNA, diferenciadas según el tipo de institución y el área de conocimiento. Este proceso tiene como punto de partida la definición que hace la institución de su naturaleza, su misión y su proyecto educativo, e involucra un diálogo dinámico entre profesores, directivos y estudiantes de la institución respecto al programa.



* La evaluación externa, hecha por los pares académicos de la comunidad académica y científica del país o del exterior, nombrados por el CNA, mediante visita a la institución, comprueban la objetividad y veracidad de la autoevaluación en cuanto a la calidad de sus programas académicos, su organización y funcionamiento y el cumplimiento de su función social. La evaluación externa concluye con un informe que rinden estos pares sobre los resultados. Además, si se considera necesario, el informe se acompaña de recomendaciones para el mejoramiento institucional.



* El CNA hace la evaluación final sobre la acreditación propiamente dicha ante el Ministro de Educación Nacional, con base en los resultados de la autoevaluación y de la evaluación externa, y oída la institución. Y el ministro decide si firma o no la resolución de acreditación de excelencia del programa.



Los rectores de universidades con programas acreditados concuerdan en que el proceso ha sido muy positivo. La autoevaluación es un instrumento muy valioso para verificar el cumplimiento de su misión, propósitos y objetivos, en el marco de la Constitución y la Ley, y de acuerdo con sus propios estatutos. En este sentido, la acreditación voluntaria propicia el mejoramiento de la calidad y las instituciones tienen cómo rendir cuentas a la sociedad y al Estado sobre el servicio que prestan. Cabe destacar también que los rectores tienen una opinión favorable sobre el CNA, pues sus miembros son abiertos al diálogo y, por ser académicos, cumplen sus funciones con legitimidad y calidad.



Algunos de los rectores subrayaron que las dificultades en torno a la acreditación se concentran en los procesos que deben desarrollar para realizar la autoevaluación de sus programas. Por tanto, dada la magnitud del proceso, algunas instituciones se apoyan en empresas que brindan ayuda logística y estadística para sustentar la autoevaluación. La razón es que para que este proceso sea fructífero y completo, las instituciones deben realizar diversas encuestas sobre los profesores, el programa académico y el cumplimiento de la misión y visión de la universidad y procesarlas para aportar al proceso.



Ahora, varias universidades quieren dar un paso adicional y están solicitando comenzar el proceso de acreditación de la institución como tal. Entre las instituciones que andan en este proceso se encuentran la Universidad del Valle, la Universidad de los Andes, la Universidad del Norte, la Universidad Escuela de Administración y Finanzas y Tecnologías (Eafit), la Universidad de Antioquia y la Universidad Javeriana. La acreditación institucional guarda algunas similitudes con la existente para los programas académicos, pues toma como base el concepto de calidad y también es de carácter voluntario. Los expertos señalan que no debilitaría la acreditación de programas y, de acuerdo con el CNA, a principios del próximo año, el país podría contar con las primeras instituciones con acreditación institucional de excelencia.



Lo pendiente



Luis Enrique Orozco, director de la maestría en administración universitaria de la Universidad de los Andes, y reconocido experto en la materia, comentó a Dinero que uno de los aspectos que debería mejorarse son las funciones del CNA. A partir de mayo de 1998, el gobierno adicionó nuevas funciones al Consejo en relación con la responsabilidad de llevar a cabo la "acreditación previa" de los programas de educación existentes. La "acreditación previa" es una certificación para que la institución obtenga la licencia de funcionamiento y tenga reconocimiento legal. Esto quiere decir que el CNA dejó de concentrarse en los objetivos para los cuales fue creado, esto es, propiciar, favorecer y estimular la calidad. Una salida sería la de "aclarar estas funciones, porque, de una parte, para el caso de la 'acreditación previa', las instituciones reciben un mensaje policial y, de otra, el CNA se caracteriza por su labor de fomento de la calidad", sostiene Orozco.



Por último, no hay que perder de vista que el próximo gobierno catapultará este instrumento, al igual que otros que propenden por una mayor calidad en la educación superior. Cecilia María Vélez, la nueva ministra de Educación, manifestó que invertirá sus esfuerzos en lograr que más gente tenga acceso a la educación superior, mediante la creación de unos 400.000 cupos nuevos. De acuerdo con Planeación Nacional, tan solo 15,1% de la población entre 18 y 24 años está actualmente en el sistema. El nuevo gobierno utilizará US$150 millones del Banco Mundial para incrementar el crédito para los estudiantes, darle más recursos al proceso de acreditación y mejorar el Sistema Nacional de Información de Educación Superior, el cual continúa siendo deficiente. En la medida en que estos avances se consoliden, la comunidad contará con la información y orientación necesarias para a futuro escoger mejor el destino de los jóvenes colombianos en beneficio del desarrollo del país.
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