Debate de Fondo

| 4/28/2000 12:00:00 AM

Debate de Fondo

Los más reconocidos economistas de la academia estadounidense están enfrentados por el papel del FMI y el Banco Mundial.

De nuevo, la alta academia estadounidense de economía está protagonizando un interesante debate ideológico sobre las políticas de las entidades multilaterales hacia el mundo en desarrollo. Esta vez, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) están en el centro del ring y dos de los más reconocidos gurús están lanzándose fuertes ganchos de derecha: Joseph Stiglitz, ex economista principal del Banco Mundial y profesor de Stanford, y el famoso Rudiger Dornbusch, profesor del MIT.

Mientras se realizaba en Washington la tradicional semana del FMI (del 10 al 17 de abril), circuló entre el staff del BM un documento de Stiglitz en el que, el reconocido profesor de Stanford, hacía una de las más fuertes críticas al FMI de la que se haya tenido noticia en los círculos intelectuales de Washington. En el documento, Stiglitz habla del Fondo como una entidad arrogante que no escucha ni entiende los problemas de los países en desarrollo, a los que supuestamente debe ayudar, y responsabiliza a la entidad y al mismo estamento político de Washington de la crisis asiática del 97 por haber permitido los flujos de capital de corto plazo hacia países con altísimas tasas de ahorro que requerían inversiones de largo plazo.



Rudi Dornbusch, reconocido asesor de varios gobiernos en América Latina, no tardó mucho en responder y en recordarle a Stiglitz que si Corea estaba de nuevo creciendo a tasas del 12% era justamente gracias a las políticas que muy a tiempo aplicó el FMI.



Golpes de profundidad



La diatriba Stiglitz contra el FMI fue mucho más allá. "Cuando el FMI decide ayudar a un país, despacha una misión de economistas. Estos economistas, frecuentemente sin suficiente experiencia en el país, están más propensos a tener conocimiento de primera mano sobre hoteles de cinco estrellas que en las realidades de cada región. Trabajan muy duro hasta altas horas de la noche escudriñando entre los números. Pero vale decir que el trabajo de números rara vez provee visiones adecuadas de lo que debe ser una estrategia de desarrollo para un país". Es más, dice Stiglitz, "los modelos matemáticos del Fondo fallan con frecuencia y están pasados de moda".



Las críticas de Stiglitz llegan al punto de acusar a los funcionarios del FMI de tener informes tipo en los que solo cambian el nombre del país. "He oído historias sobre un infortunado incidente en el que un equipo copió partes completas del informe y las transfirió a otro, pero olvidaron cambiar el nombre del país", asegura Stiglitz con ironía.



Dice este connotado economista que los funcionarios del FMI son estudiantes de tercera de universidades de primera. "Creánme, he enseñado en Oxford, Yale, Stanford, MIT... y el FMI casi nunca tiene éxito en reclutar los mejores estudiantes".



El fondo del debate



Las respuestas de Rudi Dornbusch no fueron menos fuertes. "Es verdad, Stiglitz es un distinguido economista, de los de la corta lista de nominados a Premio Nobel por sus contribuciones teóricas sobre cómo fracasan los mercados. Pero nadie lo ha visto como economista de política y menos como alguien que tenga la más remota idea de lo que es estabilización macroeconómica", puntualiza Dornbusch.



¿Qué hay detrás de estas frases hirientes de los más reputados académicos? En realidad, todo parece ser una mezcla de rencillas personales y verdadero debate ideológico. Stiglitz fue hasta hace poco economista principal del Banco Mundial y tuvo que salir por haberse convertido en una piedra en el zapato de la gran burocracia de Washington. Dornbusch, por su lado, ha sido un aliado histórico de Stanley Fischer, el segundo del FMI. Los dos escribieron el libro de macro que casi todos los economistas han tenido que estudiar en algún momento.



¿Y el verdadero debate? Stiglitz está convencido de que la receta del FMI ha hecho más daño que beneficio en todos los países donde se ha aplicado. Las políticas de excesiva austeridad aplicadas en Asia del Este terminaron complicando más las cosas. En Indonesia, la receta de shock severo en el gasto y aumento en las tasas de interés para defender la moneda (la rupia) llevaron a todas las empresas a la quiebra y profundizaron los brotes sociales. Dice Stiglitz que en Rusia el resultado no fue menos perverso. La política de shock excesivo y privatización les permitió a unos pocos oligarcas enriquecerse aceleradamente.



De acuerdo con los planteamientos de Stiglitz, el FMI ignoró la infraestructura institucional, se dejó cegar por la doctrina de que el mercado funciona aún en países donde no hay instituciones sólidas ni tradición de respeto por las leyes.



"Se distinguen dos escuelas de pensamiento. La primera, a la que pertenezco junto con premios Nobel como Kenneth Arrow, entre otros, hace énfasis en la importancia de la estructura institucional de la economía de mercado. Hay un segundo grupo, compuesto especialmente por macroeconomistas, cuya fe en el mercado no considera las condiciones para que ese mercado funcione. Estos economistas, con frecuencia, desconocen la historia y creen que, en general, mientras más fuerte la medicina (terapia de shock) y más dolorosa la reacción, más rápida es la recuperación", dice Stiglitz en su documento.



Otros aliados



En esta batalla ideológica, Stiglitz no está completamente solo. Economistas reconocidos como Jefrey Sachs y Paul Krugman también han cuestionado sistemáticamente el papel del FMI y el Banco Mundial en el globo y el manejo que han dado a las últimas crisis de países emergentes. Sachs ha traído nuevamente a la discusión el famoso informe de la Comisión Meltzer del Congreso de Estados Unidos (ver columna de Sachs en esta edición) en la que se cuestiona al FMI por su exceso de poder y por tratar de controlar todas las economías emergentes del mundo y al Banco Mundial por no concentrar su ayuda en los países verdaderamente pobres.



Tanto el informe Meltzer, como Stiglitz y Sachs están, en el fondo, moviendo una serie de reformas a las instituciones multilaterales para que vuelvan a sus funciones originales: que el FMI se concentre en préstamos de emergencia para contrarrestar crisis de países en desarrollo y que el Banco Mundial se dedique a apoyar países verdaderamente pobres cuyo ingreso per cápita sea inferior a los US$4.000, lo que de repente implicaría que se retirara de Argentina y Chile, por ejemplo.



El debate es además una prolongación de lo que Moisés Naim, uno de los intelectuales latinoamericanos más respetados en Washington y director de la revista Foreign Policy, ha llamado el "Disenso de Washington" (ver Dinero No. 97) en oposición al famoso Consenso que se formó a finales de los 80, alrededor de lo que los economistas creían era correcto para apuntalar el desarrollo. Disciplina fiscal, liberalización financiera, privatizaciones, tasa de cambio competitiva, liberalización comercial, libertad para la inversión extranjera, promoción de la competencia y protección de los derechos de propiedad eran algunos de los conceptos aceptados en el Consenso.



Ahora, los economistas han empezado a ver que esa receta de política (la macroeconomía sana) no era la clave de la prosperidad sino apenas una precondición y que se requiere una gran dosis de estabilidad en las instituciones, luchar contra la inequidad y mucha inversión en capital físico e intelectual.



El debate sobre la función del FMI se produce justo cuando Colombia está adelantando un programa de ajuste con esta institución y la receta aplicada se reduce justamente a la que cuestiona Joe Stiglitz: austeridad fiscal y privatizaciones sin mayores consideraciones adicionales sobre el efecto de dichas políticas en medio de la crisis más cruda que haya atravesado Colombia.



No se puede negar la necesidad de un ajuste en las finanzas públicas y la de que el Estado salga de negocios que una vez privatizados pueden operar en condiciones de mayor eficiencia. Pero cuando en Colombia se debate sobre la posibilidad de cumplir los acuerdos con el Fondo y los efectos que tiene el proceso de revocatoria del Congreso, quizá es hora de empezar a pensar en la necesidad de combinar el ajuste fiscal con reformas de fondo que permitan construir una infraestructura institucional que les dé espacio al crecimiento de los mercados, la inversión privada, la educación y la innovación.
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