| 6/3/1999 12:00:00 AM

¿Cuestión de fe?

Aunque con insistencia se repite que la recuperación está próxima, los datos dicen lo contrario. No se puede tapar el sol con las manos.

Cansados del pesimismo, los colombianos hemos decidido ponerle al mal tiempo buena cara y meterles buena energía a los negocios, a ver si salimos de esta crisis. En este ambiente, el mensaje de que lo peor ya pasó y que la recuperación de la economía está a la vuelta de la esquina, tan cerca como el segundo semestre de este año, ha sido recibido con esperanza. Pero, lamentablemente, las cifras muestran que las cosas no están ocurriendo de esta manera.



Por supuesto que debemos mantener y alentar el optimismo, pero esta actitud no puede llevarnos a dejar de ver lo que tenemos ante los ojos. Los indicadores económicos de los primeros meses del año son pésimos y muy posiblemente seguirán siéndolo, si no se actúa rápidamente sobre el verdadero origen de los problemas. Pero al parecer sufrimos de la ilusión de que no al hablar de los temas o al minimizarlos, éstos van a desaparecer.



La negativa a aceptar la verdadera dimensión de los problemas de la economía colombiana ha sido una característica de nuestras autoridades económicas durante años y, lamentablemente, la administración Pastrana no ha sido la excepción. Desde cuando empezó este gobierno, se han perdido diez valiosos meses en una vana discusión en torno a si el gobierno está haciendo de veras un fuerte ajuste fiscal y si la tasa de cambio se encuentra en su nivel de equilibrio de largo plazo. Mientras hablamos sobre espejismos, el déficit fiscal está desbocado, la crisis financiera se ha agudizado y la economía se ha sumido en una profunda recesión.



Dos vanas ilusiones



La primera gran ilusión es la de la situación fiscal. Apenas se posesionó el ministro de Hacienda, Juan Camilo Restrepo, consciente de la magnitud del problema fiscal y de los estragos que se podrían suscitar si éste no se corregía, anunció que su primer objetivo era reducir el déficit fiscal consolidado de 3,5% del PIB en el 98 a 2,1% en el 99, ya que éste era el nivel compatible con la política monetaria y cambiaria que se había fijado el Banco de la República. El logro de esta meta requería una fuerte contracción en el gasto público, una reforma tributaria y sobre todo una serie de reformas legales y una reforma constitucional.



Pero parece que todo esto se quedó en anuncios. De esta agenda, lo único que se hizo fue sacar adelante la reforma tributaria. El resto todavía está por hacerse. Como consecuencia, el déficit fiscal estimado hoy por el mismo gobierno para 1999 es de 3,4% del PIB y no de 2,1%, y probablemente será mayor si se tiene en cuenta que la economía no se va a recuperar a la velocidad que se tiene previsto y que la crisis del sector financiero requerirá más recursos de los que se han estimado. ¿Qué quedó entonces de la consistencia macroeconómica entre lo cambiario, lo monetario y lo fiscal? Si el gasto público va a ser mucho mayor que el que se estima compatible para el equilibrio macro, ¿por dónde será que se va producir el ajuste, para que las cuentas de la economía cuadren?



La segunda gran ilusión tiene que ver con el tema cambiario. Con base en el compromiso de un déficit fiscal de 2,1% del PIB en 1999, el Banco de la República desplazó la banda cambiaria 9 puntos hacia arriba en septiembre del año pasado.



Aunque en su momento hubo dudas acerca de si este desplazamiento había sido suficiente, rápidamente este temor se disipó frente a los anuncios de que el gobierno ya tenía asegurada la financiación externa del déficit fiscal para 1999 con recursos de la banca multilateral y, más tarde, con la ratificación de la calificación de riesgo "grado de inversión" por parte de la agencia calificadora Moody's. El mercado cambiario entró en una calma total, reforzada además por los efectos depresivos del impuesto del 2 x 1.000 y la caída de la demanda, debido al desplome de los giros de importaciones.



Pero la calma se está acabando y la incertidumbre está volviendo a aparecer, junto con su eterna compañera, la especulación. A pesar de que las importaciones aún están deprimidas y de que no se ha eliminado el 2 x 1.000 para las transacciones de este mercado, el dólar se está acercando rápidamente al techo de la banda.



La apuesta de la recuperación



El gobierno le apostó a la recuperación de la economía mediante la reducción de las tasas de interés. La calma en el mercado cambiario hizo posible esta reducción en un plazo incluso inferior al que estaba previsto. Pero no ha sido posible que esta reducción de tasas de interés se traduzca en un aumento de la cartera bancaria, sin lo cual difícilmente se puede dar una recuperación.

Varias razones explican esto. Por un lado, la reducción de tasas de interés ha sido mucho menor en las tasas de colocación que en las de captación, lo que es un síntoma de que la percepción de riesgo del sector financiero cambió y, por tanto, está restringiendo más los créditos y limitándolos sólo a los clientes preferenciales: hay un credit crunch. Por otro lado, tampoco hay demanda, como lo demuestra el hecho de que todos los sectores impulsados por la demanda están caídos. Como resultado, la cartera del sector financiero está creciendo a un escaso 2% anual, lo cual es una mala señal para la recuperación.



Pero lo más grave no es esto. Lo complicado es que la recuperación no se ha iniciado y cuando ella empiece, las tasas de interés no van a bajar más, sino que inclusive pueden volver a subir. La razón es precisamente que si no se solucionan los problemas de fondo, ninguna baja en la tasa de interés puede ser permanente.



¿Qué va a pasar con la recuperación?



La reactivación de la producción no se ha dado, el déficit fiscal está creciendo y hay que financiarlo, y el gobierno tiene que salir al rescate de las instituciones financieras. Todo esto se tiene que hacer con los recursos del mercado financiero que, hasta ahora, no se han visto presionados a pesar de la altísima colocación de TES, porque la baja demanda en la economía ha permitido que no haya competencia por estos recursos. Pero, ¿qué va a pasar con las tasas de interés cuando empiece la recuperación, el gobierno esté colocando TES para financiar un déficit fiscal de por lo menos $3 billones por encima de lo previsto y Fogafin salga al mercado con su emisión de bonos para capitalización de entidades financieras?



Otra posible presión adicional sobre el mercado en pesos es la eventualidad que los bancos del exterior no hagan el roll-over de la deuda privada que vence este año, que es de unos US$1.700 millones. Si esto llegara a suceder, como creen algunos banqueros, toda la deuda que vence tendría que refinanciarse en pesos, lo que no sólo presionaría la tasa de interés, sino también la de cambio, pues habría que utilizar pesos para pagar la deuda en dólares.



Los costos de posponer



Hasta el momento, el país ha corrido con suerte, pues a pesar de que los analistas externos y las calificadoras de riesgo mencionan el problema fiscal, la crisis financiera y el desequilibrio externo como los grandes lunares de la economía colombiana, no le han quitado al país la calificación grado de inversión. Se rehusan a creer que Colombia no vaya a pagar su deuda externa.



Esta convicción de los analistas de las calificadoras en Nueva York es la que nos mantiene a flote, pero no hay que abusar de la confianza. Los mercados financieros internacionales, mucho más corto placistas, sí vienen castigando a Colombia por medio del spread de su deuda. Esto se refleja en que cada vez es más difícil y costoso, sobre todo para el sector privado, endeudarse en el exterior.



El gobierno y el Banco de la República están tranquilos, porque creen que en el peor de los casos, el de que no se diera el roll-over de la deuda privada, el efecto sería una reducción de las reservas internacionales que se puede asumir. Pero una caída rápida de las reservas, dentro de un esquema de creciente gasto fiscal que es no viable, puede tener consecuencias explosivas. La pasividad en el frente fiscal ya le costó al país el crecimiento del año 99 y muy probablemente el del 2000. La pregunta es: ¿está dispuesto el gobierno, por su ceguera, a sacrificar el crecimiento de los próximos cuatro años?
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