Contra la pobreza

| 4/5/2002 12:00:00 AM

Contra la pobreza

El Consenso de Monterrey logró movilizar más recursos para financiar el desarrollo. Falta un mayor aporte y compromiso de los países ricos.

La conferencia sobre financiamiento del desarrollo en Monterrey (México), auspiciada por las Naciones Unidas, culminó con un anuncio importante para los países menos desarrollados: Estados Unidos y la Unión Europea aumentarán sus niveles de ayuda internacional para mitigar la pobreza mundial. Este compromiso hace parte del "Consenso de Monterrey", un documento de 16 páginas suscrito al finalizar el evento el pasado 22 de marzo y que hace prever que en el futuro no todos los países pobres y necesitados recibirán esta ayuda. El debate que tuvo lugar resaltó la necesidad de focalizar la ayuda para el desarrollo en aquellos países con mayor coherencia en sus políticas domésticas, que respetan los derechos humanos y defienden la democracia.



La ayuda internacional se ha entendido por mucho tiempo como un deber moral de los países más desarrollados que tienen el 20% de la población y concentran el 80% del ingreso mundial. Sin embargo, los recursos destinados a otorgar ayuda han experimentado un prolongado declive, sobre todo porque Estados Unidos se ha resistido a incrementar su monto (ver cuadro). De hecho, Estados Unidos ha ocupado el último lugar en el ranking de países donantes al estimar el monto como porcentaje del Ingreso Nacional Bruto en 0,1% del INB, ya que durante más de 10 años ha privilegiado el otorgamiento de preferencias comerciales para reducir la pobreza bajo el lema "more trade, less aid".



Es más, un 60% de la ayuda de Estados Unidos ha cubierto intereses estratégicos en países como Colombia y Egipto en vez de países con ingresos bajos. Ahora, la principal economía del mundo anunció que incrementará su ayuda hasta 0,13% del INB en el transcurso de 3 años y la UE aumentará su ayuda de 0,33% a 0,39% del INB para combatir el flagelo de la pobreza.



El cambio de política de Estados Unidos ha sorprendido a muchos y se explica por un conjunto de factores. El presidente George W. Bush, de una parte, ha logrado transmitir y convencer al público estadounidense de que reducir la pobreza es esencial para la seguridad del mundo desarrollado. "Nosotros luchamos contra la pobreza", dijo el presidente Bush en Monterrey, "porque la respuesta al terrorismo es que haya esperanza". De esta manera, los ataques terroristas del 11 de septiembre y la campaña militar contra Afganistán han generado una nueva dimensión política a la mitigación de la pobreza.



De otra parte, y en medio de una recesión mundial, la principal economía del mundo ha visto cómo algunas naciones caen en el abismo y ningún otro país se muestra dispuesto a hacer algo al respecto, como en el caso de Argentina. Por tanto, Estados Unidos pretende fortalecer las instituciones multilaterales en la medida en que sus socios ricos carecen de voluntad y capacidad de respuesta ante nuevas crisis en países en desarrollo.



Adicionalmente, Estados Unidos y otros países han manifestado en diversas reuniones, como el reciente Foro Económico Mundial (WEF, por su sigla en inglés) que es necesario lograr que los países alcancen niveles superiores de desarrollo y erradiquen la pobreza para que su propio crecimiento sea sostenible en el largo plazo. Por tanto, a futuro es necesario lograr que los países pobres se gradúen y reduzcan los elevados niveles de pobreza.



Se necesita más



A pesar de este giro positivo en cuanto a los recursos, el incremento en la ayuda internacional resulta insuficiente frente a las necesidades y las metas apoyadas por 187 países en la Cumbre del Milenio del año 2000 (ver recuadro). Kofi Annan, el secretario general de la ONU, y James D. Wolfensohn, presidente del Banco Mundial, habían solicitado incrementar la ayuda hasta alcanzar US$100.000 millones anuales. Esto equivale a llevar el promedio de ayuda al 0,7% del INB de los países donantes, partiendo del 0,22% actual. Pero los nuevos recursos prometidos por Estados Unidos y la Unión Europea aportan apenas una cuarta parte del incremento reclamado para lograr reducir la pobreza global a la mitad para el año 2015. En este momento, hay 2.500 millones de personas pobres en el mundo (ver gráfica).



En la medida en que el Consenso de Monterrey no contiene compromisos de montos incrementales y no define un cronograma de contribuciones, las metas de la Cumbre del Milenio parecen difíciles de alcanzar.



Sin embargo, Monterrey es un acuerdo importante en la medida en que se reconoce cada vez más la necesidad de avanzar hacia la implantación de prácticas de buen gobierno, una política comercial orientada hacia afuera y una política macroeconómica sana para elevar el grado de desarrollo económico. En la medida en que en el pasado se ha presentado gran despilfarro de la ayuda, los países donantes están determinados a focalizarla y premiar con ella a los países que puedan utilizarla de manera eficiente.



Esta filosofía va en el mismo camino de los esfuerzos que han venido realizando entidades como el Banco Mundial para asegurarse de que los países que reciban préstamos y asistencia tengan la capacidad y la voluntad de poner su casa en orden.



Mucho más que ayuda



El Consenso de Monterrey reconoce que el desarrollo es un proceso complicado y que, por tanto, requiere mucho más que la ayuda de los países ricos. El Consenso destaca la importancia de elevar la cobertura de la educación, la transferencia de tecnología, los flujos de capital y de la inversión y también resalta la importancia de avanzar en el proceso de liberalización del comercio internacional en las negociaciones que vienen adelantándose en la OMC. Para que este progreso se consolide, se necesita un compromiso de todos los actores con las metas trazadas. Los países ricos podrían comenzar por comprometerse verdaderamente con la liberalización comercial agrícola, reducir el monto de sus subsidios (los cuales son 6 veces superiores al monto de ayuda internacional) y Estados Unidos debería eliminar las trabas al acero pues contradicen lo que predica. Por su parte, los países en desarrollo deben demostrar que la ayuda brindada no será malgastada y que redundará en un mundo más seguro y en paz para todos.
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