| 4/27/1998 12:00:00 AM

Baldado de agua fría

La cifra del desempleo en marzo es verdaderamente preocupante. Si las cosas siguen como van, el desempleo podría llegar al 18% para el año 2002.

Una cifra de desempleo de 14,5% como la que reveló el DANE para marzo tiene que hacer reaccionar hasta al más optimista de los optimistas. Es la primera vez que se registra un desempleo tan alto desde que se realiza la Encuesta de Hogares. La cifra más cercana, 14,3%, se dio en junio de 1985, en medio de la crisis económica más severa en la historia moderna del país.



El deterioro del mercado de trabajo que comenzó a mediados de 1994 se ha prolongado durante todo este gobierno (gráfica 1). El deterioro se confirma por la evolución del subempleo (gráfica 2): a partir de 1994, la tasa se elevó en más de un punto por año, llegando al 17% recientemente. Se ha presentado una creciente informalización de las ocupaciones, pues el porcentaje representado por los cuenta propia, el servicio doméstico y los trabajadores familiares ha venido en continuo ascenso.



La cifra reciente también revela dos fenómenos nuevos. Primero, Bogotá, que se había mantenido con el desempleo más bajo de las grandes ciudades, es ahora un centro urbano de alto desempleo, pues la tasa se duplicó entre 1995 y 1998. Medellín fue la ciudad con mayor desempleo en la década pasada y Cali la desplazó en los 90.



De otra parte, el desempleo ya no es sólo de jóvenes solteros de educación media, sino que golpea más directamente a jefes de familia de todas las edades y educaciones.



¿Por qué creció tanto?



Entre marzo de 1997 y marzo de 1998 la oferta de trabajo se aceleró y creció más rápidamente que el número de puestos disponibles. Pero atribuirle el crecimiento del desempleo a un problema de oferta de trabajo ­"más gente quiere participar en el mercado de trabajo", como algunos analistas han sugerido­ es una reflexión tautológica que no conduce a nada.



La oferta de trabajo está afectada por la estructura de edades y de educación, cuyo efecto ha sido incrementar la participación laboral y también por la voluntad de la gente de buscar empleo, que ha incrementado la volatilidad. La gráfica 3 indica que el desempleo no creció más rápidamente entre 1995 y 1997 pues la gente se desalentó y dejó de buscar. Pero también muestra que esta tendencia se ha revertido recientemente.



Como muestra la gráfica 4, la proporción de la población en edad de trabajar que consiguió empleo se ha reducido sistemáticamente desde mediados de 1994. La recuperación aparente de los últimos dos trimestres es una ilusión estadística, que surge al comparar con la profunda depresión del primer semestre de 1996.



En parte, la explicación está en que una economía que cada vez crece menos, genera menos empleo. Pero el fenómeno va mucho más allá. La relación estable que existía entre crecimiento económico y creación de empleo se ha roto, como en la mayoría de países de América Latina. La liberación comercial ha hecho más barato adquirir bienes de capital y la nueva tecnología usa menos trabajadores rasos y más empleo calificado.



Por ello, como muestra la gráfica 5, los requerimientos de educación en las distintas ocupaciones han crecido enormemente. El caso más extremo es el de los empleados públicos, que pasaron de 10 a 13 años de educación en promedio en esta década. Pero también el de los obreros privados que pasaron de 6,3 a 10 años. Y hasta el servicio doméstico pasó de 3,5 a 5,4 años. Y ese sesgo de la tecnología hacia el trabajador educado explica que sus salarios se hayan mantenido al alza, mientras los salarios de la gente de poca educación han caído.



El problema va para largo. Aunque se hiciera un ajuste económico exitoso, el desempleo no se reduciría antes del 2003.



Adelante, ¿qué?



La situación se ha deteriorado dramáticamente en los últimos cuatro años. ¿Qué se espera hacia adelante y cuáles son las opciones de política?



Las zonas urbanas tienen aproximadamente 14 millones de empleados y 2,3 millones de desempleados. La fuerza de trabajo está creciendo a un ritmo aproximado de 2,4% anual. Con este crecimiento, para mantener estable la tasa de desempleo se requeriría un crecimiento de las actividades urbanas ­diferentes de agricultura y minería­ no menor al 4% anual.



¿Qué ocurriría si el crecimiento económico continúa en los próximos cuatro años al ritmo promedio registrado en el actual gobierno?



Todo depende de la evolución de las intenciones de trabajar y de los salarios reales. Si ambos siguen como están hoy, el bajo crecimiento económico produciría un aumento del desempleo no menor al ocurrido en los últimos cuatro años. En las simulaciones hechas por Dinero, para el año 2002 la tasa de desempleo podría llegar al 18% (gráfica 6), con un millón de desempleados adicionales.



Por supuesto, es difícil que el mercado de trabajo no reaccione ante este exceso de mano de obra: los salarios reales seguramente descenderán. Nuestra simulación indica que los salarios tendrían que caer una tercera parte en términos reales para absorber el exceso de oferta.



Hay que hacer algo



La opción de política más obvia es acelerar el crecimiento económico. Pero ante la magnitud de los desequilibrios macro, esto no ocurrirá rápidamente. En 1999, y en especial durante el primer semestre, la economía se verá abocada a un serio ajuste fiscal, que traerá una desaceleración aun si es exitoso. La tasa de desempleo podría ascender hasta el 16% en el año 2000 (gráfica 7). La aceleración posterior del crecimiento ­hasta tasas esperadas del 6% anual­ no sería suficiente para reducir la tasa de desempleo antes del año 2003.



Las implicaciones son profundas: no hay una solución rápida para el problema. Incluso con un ajuste exitoso, el desempleo seguiría elevado durante 5 años como mínimo. La simple aceleración del crecimiento económico al 5% -lo que recomendaba hace 12 años la Misión Chenery, cuando el desempleo llegó a niveles casi tan altos como ahora- sería ineficaz.



La reducción de los impuestos sobre la nómina ayudaría a generar empleo.



Hay que buscar más opciones. El desempleo de hoy está muy afectado por la forma como ha cambiado la relación entre el capital y el trabajo. En un mundo más y más competitivo, los costos del trabajo en Colombia se han hecho excesivamente altos frente a otros países del mundo y también frente a otros factores de la producción.



Los salarios reales en dólares han aumentado de manera sustancial en los últimos años, perjudicando la competitividad. La abundancia de divisas petroleras ha impedido ver que, para el resto de la economía, la tasa de cambio actual no permite usar los otros recursos, en especial el trabajo. Como ha indicado Dinero en anteriores ediciones, la tasa de cambio de hoy es al menos un 20% más baja de lo que se requiere para el logro de la competitividad y la absorción del desempleo.



Como se vio atrás, si los salarios reales descendieran en una tercera parte, el crecimiento de la demanda por trabajo absorbería toda la población pobre y desempleada. Pero una reducción de esta magnitud en el nivel de vida, en la Colombia de hoy, causaría una explosión.



Una forma de bajar costos salariales con un mínimo de turbulencia social podría darse por manejo de impuestos y subsidios. Si la creación de empleo fuera acompañada de menores impuestos sobre la nómina o menores impuestos sobre la renta, su costo sería menor. Pero ante la magnitud del desempleo actual y la debilidad de la actividad económica de los próximos 18 meses, el uso de estos instrumentos fiscales debería ser muy activo.



Por otro lado, la flexibilidad del mercado es un factor crítico para generar empleo. En un mundo competitivo, esto importa casi tanto como el propio nivel de los costos salariales. Y lo cierto es que, como han ilustrado los estudios del BID y las columnas de Eduardo Lora en esta revista, Colombia ha terminado por quedarse con uno de los sistemas laborales más rígidos del continente. Los costos de despido, por ejemplo, resultan comparables con los de España, el país de más alto desempleo del mundo. La proliferación de cláusulas de indexación salarial es mayor que en casi cualquier otro país del mundo, generando enorme rigidez de los salarios reales.



La legislación laboral colombiana está diseñada para defender al empleado, en especial en las grandes empresas, pero no para el empleado de las pequeñas empresas o el desempleado. Sería muy bueno que Colombia comenzara a pensar en serio en una reforma profunda de la legislación laboral, que nos permita encontrarles empleo a los más de dos millones de desempleados.



La reducción de la demanda por trabajo de los últimos años también fue causada por el descenso del costo del capital. Cuando el capital se hace barato, tarde que temprano los empresarios prefieren utilizarlo frente al trabajo. La reducción de aranceles y las bajas tasas de interés en Estados Unidos hicieron más atractivo el capital que el trabajo. Así, aunque la inversión aumentó, el empleo disminuyó. Para crear empleo, el costo del trabajo debe crecer menos que el costo del capital.



Todo esto lleva a que el ajuste macroeconómico al que el país se verá abocado en los próximos 10 meses, por exitoso que sea, deberá complementarse con un esfuerzo enorme para profundizar las reformas estructurales que permitan volver competitivo al trabajo colombiano y aumentar su demanda por los empresarios.



Un manejo alternativo de los instrumentos cambiarios y de tasa de interés podría acelerar la demanda por trabajo más rápido de lo que permitiría el simple crecimiento económico. La reducción de los impuestos sobre la nómina o un uso inteligente de impuestos y subsidios sobre los nuevos puestos podrían ayudar a generar empleo. La flexibilización sustancial de los contratos de trabajo ­para hacer más fácil la entrada y salida de empleos­ tendría beneficios enormes.



La gráfica 7 ilustra la magnitud del impacto del conjunto de reformas orientadas a acelerar la demanda de trabajo: podrían crearse un millón de empleos adicionales. Antes de seis años, Colombia podría volver a ver tasas de desempleo de un solo dígito.



Quizá la situación podría mejorar más rápido si, simultáneamente con lo anterior, el país emprendiera un esfuerzo serio de expansión de la cobertura y la calidad de la educación básica, en especial en la secundaria. Si se pudieran vincular a las escuelas un millón de muchachos más, la presión inmediata sobre el mercado de trabajo se aliviaría en el corto plazo. Con una buena calidad, los muchachos podrían ser más empleables en el futuro.



Para enfrentar la delicada situación no hay recetas fáciles. El ajuste económico es necesario, porque después permitiría crecer más rápido. Pero es insuficiente. El país tiene que meterle la mano a una reforma laboral de fondo y a una orientación del modelo de desarrollo que use más intensivamente el activo más apreciado por los pobres: el trabajo. Y también, con más fuerza aún, a generar un shock educativo que logre que los muchachos vaguen menos y aprendan más.



Este panorama requiere, sin duda, unos planes de gobierno mucho más concretos de los que produjo el gobierno de Samper o de los que han anunciado la mayoría de los candidatos presidenciales. El desempleo será un legado que tiene que figurar muy alto en la agenda del próximo gobierno. Pues como vamos, vamos muy mal...



Los costos de despido en Colombia son similares a los de España, el país de más alto desempleo del mundo.
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