| 12/12/2007 12:00:00 AM

La rutina de Estela Rivera

Estela sostienen que "lo mejor en algunas oportunidades es decir no hay y punto".

Estela Rivera, habitante de Tunja, es una de esas tantas personas que vive con un salario mínimo en Colombia. Su familia está compuesta por su esposo, que se dedica a múltiples actividades y quien también se puede decir que gana un salario mínimo, y sus dos hijas de 14 y 11 años de edad.

Hoy, como todos los días, Estela se levanta muy temprano en la mañana para alistar a sus hijas. Su esposo no está con ella pues tuvo que viajar a Bogotá desde hace ya unos meses, porque “por ahí”, como dice ella misma, existía una opción para recibir un poco más de plata. Las niñas y ella desayunan agua de panela y pan, y salen rumbo al colegio. Algunas veces toman caldo con papa.

Mientras tanto ella se alista, se pone el uniforme que le dan en la clínica dental donde trabaja desde hace ya dos años. La alivia saber que no tiene que comprar ropa para ella. Saluda a sus padres, quienes le arrendaron la parte trasera de la casa, donde vive con su familia y por la que paga $150.000 mensuales. Como todos los días, sale y toma un bus que la lleva hasta el centro de Tunja, donde queda su trabajo. Allí está gran parte del día, debido a que sus labores están divididas por turnos. Muchas veces, ella prefiere quedarse allí, pues gasta el doble en transporte si regresa a su casa.

Sus fines de semana no son precisamente de descanso, para pasear o salir de compras. Estela trabaja de lunes a sábado y los domingos los utiliza para lavar ropa, planchar, revisar tareas de las niñas y medio arreglar la casa.

La diversión de la familia radica y se concentra en el televisor de 18 pulgadas aproximadamente, que tiene encima de un mueble viejo y descolorido en uno de los dos cuartos donde vive. Una que otra vez van todos al parque, pero prefieren no hacerlo porque cada salida de esas son mínimo $2.000 para el helado o algo por el estilo. Esas cosas se pueden, pero una vez al mes. “Lo triste es sacarlas (a las niñas) y tener que decirles a ellas no, porque no hay con qué, entonces por eso preferimos quedarnos en la casa. Tampoco podemos ir a un restaurante porque no se puede”.

Estela, de 35 años de edad, quien terminó bachillerato y un curso intermedio en el Sena de auxiliar de odontología, sonríe tímidamente cuando habla de cómo se vive con un salario mínimo, aunque dice que se siente feliz pues tiene un techo donde vivir, qué comer, trabajo y una linda familia.

“Un salario mínimo no alcanza para nada y eso que somos dos los que aportamos. Mi esposo me colabora con los gastos, pero realmente es muy complicado vivir con esa plata. Por fortuna la vida en Tunja no es muy costosa, pues uno se mantiene con los productos que da la tierra, que acá no son tan caros como en otras ciudades”.

Hablar de vacaciones en su casa también es prácticamente imposible, no hay con qué salir. Durante esos días, lo que hacen las niñas, como les dice cariñosamente, es “levantarse tarde y ver televisión todo el día, yo trabajo, mi esposo también, así que no hay mucho por hacer. En las tardes salen a jugar un rato básquetbol y ya. Nosotros no podemos decir que vamos a irnos todos de vacaciones porque no hay recursos para eso. Si salimos tendríamos que sacrificar por lo menos un mes de mercado para poder ir todos y eso aquí cerca. El 24 de diciembre preparamos una comida entre todos y ya, lo mismo el 31 y en Semana Santa vamos es a rezar”.

Otro problemita, como dice Estela, es la ropa de las niñas, porque hay que esperar a que llegue cada diciembre para estrenar una muda completa. Las camisas del uniforme se van cambiando cuando es necesario, pero eso es mínimo cada cuatro o cinco meses porque no pueden darse el lujo de tener varias al mismo tiempo.

“En sólo transporte me gasto cada mes $120.000. De mercado no es mucho lo que se pueda hacer con un poco más de $100.000. Se compra arroz, aceite, papel higiénico y una que otra cosa más. Pago $150.000 de arriendo. Quedan prácticamente $50.000 no más para hacer mercado de plaza, onces y diario de mis hijas. Gracias a Dios, vivimos en la casa de mis papás y compartimos los servicios, aunque toca darles la mitad de los recibos. Ellos nos ayudan con lo que pueden”, dice.

La pensión del colegio es otro rubro más en el que tiene que pensar esta familia, pero por fortuna la niña mayor está becada y la menor no paga nada porque todavía está en quinto de primaria, por ahora. Sin embargo, cada rato piden uno u otra cosa y hay que sacar plata para cumplir.

Estela comenta que “las niñas tienen sueños de ir a la universidad y graduarse. Nosotros tenemos claro que lo único que les podemos dejar a ellas es la educación, así que cuando se llegue el momento, sólo esperamos que la universidad de Tunja, que es pública, no la privaticen, porque de ser así, todo se nos quedaría en sueños. Esta es prácticamente la única alternativa que tienen para formarse profesionalmente y salir adelante”.

Como es de esperarse, ella ni su familia sabe que es ahorrar, porque la situación es tan complicada que algunas veces la plata no alcanza casi ni siquiera para comer bien, mucho menos para tener una reserva. No les gusta vivir del “fiado” en la tienda porque “cómo se hace para pagar después. Lo mejor en algunas oportunidades es decir no hay y punto”.

Por ahora Estela no tiene otras expectativas de cambiar de empleo, pues ella misma dice que su prioridad son sus hijas y no puede arriesgarse. Además, reafirma convencida, que aunque cambie de trabajo el sueldo seguirá siendo el mismo y sin derecho a discutir. “Ahí está uno bien, pues hay prestaciones y el trabajo es agradable, aunque pesado. Además, con el estudio que tengo tampoco es que pueda aspirar a otra cosa”.

Lo único que ella pide desde su fría y a veces lluviosa ciudad es que no privaticen la educación, pues se verían en serios problemas para sacar adelante a sus hijas, porque con un salario mínimo prácticamente nadie está en condiciones de pagar mucha plata por nada.

“Ojalá el otro año le suban un poquito más al salario mínimo para ver si uno mejora un poco las condiciones de vida, porque con un salario mínimo no se vive, se sobrevive...”

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