| 1/28/2007 12:00:00 AM

Japón renuencia a traer trabajadores extranjeros

Los administradores de Oizumi, a 80 kilómetros al norte de Tokio, también se sienten insatisfechos. Aseguran que los extranjeros no hablan bien el japonés, y no reciclan la basura de manera adecuada. Además, sus niños no se llevan bien con sus compañeros de aula japoneses.

Oizumi, Japón.- En el Centro Comercial Plaza Brasil, Carlos Watanabe analiza sus 12 solitarios años como obrero de fábrica en Japón ... y no puede encontrar una sola cosa que pueda elogiar, excepto la jarra de cerveza helada Kirin que porta en la mano.

El y sus compañeros de bar, todos japoneses oriundos de Brasil, tienen mucho trabajo y un ingreso estable, pero también muchas quejas sobre su patria adoptiva. Lamentan su aislamiento, la forma en que son menospreciados o les hacen el vacío en la municipalidad.

"Cada día deseo retornar a Brasil, pero no lo hago porque carezco del dinero necesario", dice Watanabe, de 28 años de edad. "En ocasiones creo que debería retornar a mi país, en otras, quedarme aquí, y a veces, irme a otro país".

"Queremos que la gente estudie japonés y aprenda nuestras normas antes de venir aquí", dice el alcalde de Oizumi Hiroshi Hasegawa, cuya tarjeta de negocios está escrita en portugués. "Hasta que el gobierno nacional decida qué tipo de sistema de inmigración va a adoptar, esto va a ser realmente difícil".

Los problemas de Oizumi, una población de 42.000 habitantes con un 15% de población extranjera, están recibiendo atención a nivel nacional a medida que el país despierta ante la amenaza de una bomba de tiempo demográfica: En el 2005, Japón se convirtió en el primer país industrializado en sufrir un crecimiento poblacional negativo, con 21.408 más muertes que nacimientos. Los demógrafos estiman que a mediados del siglo XXI, habrá una vasta escasez de mano de obra.

La posibilidad de una población que envejece rápidamente está acicateando el debate acerca de si Japón, una nación tan aislada que prohibió el ingreso de extranjeros a sus costas durante más de dos siglos, debe abrir sus puertas a inmigrantes. Los dos millones de extranjeros registrados en Japón representan un 1,57% de la población. Y aunque eso es un récord para este país, la población de extranjeros es minúscula, comparada con el 12% de Estados Unidos.

Para el gobierno, aumentar las cifras será una especie de revolución. Japón es un país que por tradición se ha considerado racialmente homogéneo y culturalmente singular. Aún ahora, crimen y desorden social son equiparados con la palabra "extranjero".

"Creo que estamos ingresando a una época de cambio revolucionario", dijo Hidenori Sakanaka, director del Instituto de Política Inmigratoria de Japón, y quien es partidario de aceptar más foráneos. "Nuestro punto de vista sobre el tipo de país que queremos y sobre los extranjeros debe cambiar a fin de mantener nuestra sociedad".

Los alrededor de 6.500 extranjeros de Oizumi, en su mayoría brasileños, proporcionan un vistazo de cómo sería el cambio. Si se camina por la calle principal, se descubre fácilmente que no es la típica ciudad japonesa. Entre los almacenes y las cafeterías hay salones de tatuajes e iglesias evangélicas cristianas. En el almacén Canta Galo, las personas hacen cola para hacer llamadas internacionales a sus familias, que viven a 16.000 kilómetros de distancia.

La única razón de que estos extranjeros han podido venir aquí es que son de ascendencia japonesa, lo cual les permite arribar al país de sus antepasados como trabajadores invitados. Los abuelos de Watanabe emigraron a Brasil hace varias décadas. El y sus amigos sobresalen en Japón pues no tienen rasgos asiáticos. Además, conversan en voz alta y les encanta saludarse con palmaditas en la espalda.

Hablando un japonés precario, esos extranjeros no se relacionan con sus vecinos. Son incapaces --o, según los críticos, mal dispuestos-- a comunicarse con policías, presentar formularios de impuestos o entender letreros donde se explica cómo separar basura de plástico de otros objetos que son combustibles. La educación es obligatoria en Japón hasta los 16 años de edad. Pero sólo para los ciudadanos. Por lo tanto, los niños de padres extranjeros pueden abandonar la escuela con impunidad. Los programas para dar clases especiales de Japón a los recién llegados carecen de personal suficiente. Muchos de los extranjeros no cuentan con seguros de salud o con jubilaciones como las de los obreros japoneses pues son contratados a través de agentes especiales.

Pero, por encima de todo, las diferencias son culturales, y plagadas de estereotipos: los latinos, dicen muchos xenófobos japoneses, suelen escuchar música hasta tarde durante los fines de semana. Los adolescentes se reúnen en las calles durante la noche, alarmando a los policías. "Tenemos aquí a personas que no acatan las normas", dice el alcalde Hasegawa. "Por lo tanto, hay una gran fricción a nivel cultural".

Pese a ello, la demografía sugiere que Japón tiene escasas opciones y deberá abrir un poco más las puertas a los extranjeros. La población en este país es de 127 millones habitantes. El pronóstico es que se reducirá a 100 millones para el 2050, cuando más de una tercera parte de los japoneses tendrán más de 65 años de edad, y empezará a cobrar beneficios por la jubilación y por el seguro social. Entre tanto, menos de la mitad de los japoneses estarán en edad de trabajar.

Ante el temor de una caída desastrosa en el consumo, en la producción y en los ingresos impositivos, los burócratas japoneses tratan de alentar la tasa de nacimientos y lograr que más mujeres y más ancianos se incorporen a la fuerza de trabajo. Pero muchos japoneses comienzan a advertir que los extranjeros deberán formar parte de la ecuación.

 

 

AP

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