| 11/8/2009 6:00:00 PM

Indígenas en Latinoamérica intentan conservar identidad y lenguas

Más de un quinto de las 557 lenguas indígenas habladas por los nativos en América Latina están en serio peligro de extinción, de acuerdo con el informe Atlas Sociolinguístico de Pueblos Indígenas en América Latina, que Unicef publica este mes.

Huampami, Perú  — En su primer año en la universidad, Hermenegildo Espejo apenas hablaba y ciertamente no en clases.

Su español era rudimentario, su acento le daba vergüenza. Sus compañeros de clases en Lima se reían de sus errores gramaticales al hablar, de su rara pronunciación.

"No entendía nada. No podía pronunciar las palabras bien", recuerda este indígena amazónico de 22 años al mirar a través de la ventana de un taxi en una selvática carretera y tras una de las escasas visitas a su hogar.

Seis años después de aquellos primeros días universitarios, a Espejo sólo le falta presentar su trabajo de tesis para obtener un grado en lingüistíca en una universidad pública de Perú. Y aunque ahora su español es excelente, no es su prioridad.

Aspira a elaborar el primer texto sobre la gramática del Awajun, su lengua indígena.

Por toda América Latina, las lenguas indígenas están desapareciendo y los integrantes de los pueblos indígenas bajo presión para hablar español. Al mismo tiempo, los indígenas tienen poco acceso a educación media o secundaria. Están mal preparados, resultado de mediocres escuelas. La tasa de deserción escolar es elevada y no hay mayor apoyo financiero. 

En toda Latinoamérica más de 100 etnias han abandonado sus lenguas nativas y ahora hablan exclusivamente español o portugués, dijo Inge Sichra, el principal autor del atlas.

En la costa peruana, los indígenas que hablan las lenguas nativas dominantes en los Andes sienten pena de dejar su idioma, afirmó el antropólogo peruano Rodrigo Montoya.

"El racismo no es un elemento de la historia, no es un elemento del pasado, no es una herencia colonial que ya acabó. No señor, el racismo es una concepción plenamente vigente", dijo Montoya.

Esa tendencia a suprimir las lenguas nativas data de los tiempos del rey de España Carlos III, quien en un decreto de 1770 las prohibió. Tal orden provocó protestas por toda la región andina, que el imperio español aplastó violentamente.

Semejante carga colonial persiste en estos días.

"Mis padres eran bilingües, pero no permitían que se hablara quechua en la casa y eso es una historia general en muchos hogares", dijo uno de los más respetados lingüistas de Sudamérica, Rodolfo Cerrón Palomino, profesor de la Universidad Católica, en Lima.

Alan Pérez, de la etnia Ashaninka, del centro de Perú, estudiante de ingeniería industrial en San Marcos, aseguró que sus padres nunca le enseñaron su lengua materna. Tampoco hizo mayores esfuerzos por aprenderla. "Quieras o no quieras te vas adaptando... vas perdiendo lo tuyo", dijo Pérez.

El reto de preservar esas lenguas y la propia identidad va de la mano de una buena educación.

Pérez y Espejo están entre los pocos indígenas de la región amazónica que figuran en los listados de San Marcos, cuyo polvoriento campus, cercano a un distrito industrial, contrasta fuertemente con los bien cuidados terrenos de la Universidad Católica de Lima, entidad privada a poco distancia y que domina la elite blanca de Perú.

La movilidad social, dura para los sectores pobres de América Latina, es aun más difícil para los indígenas. Los nativos tienen más años de estudios ahora que en la década de los 90, pero ello no ha representado un aumento en sus ingresos, dijo Harry Patrinos, investigador de tales asuntos en el Banco Mundial.

Académicos y activistas, además, resaltan que el racismo es mucho más marcado en Perú que en otras naciones de Latinoamérica y se ubica en los niveles de Guatemala.

El año pasado, 62 de los casi 27.000 estudiantes de San Marcos, o 0,2%, eran de etnias amazónicas. Se puede comparar eso con el 1,2% o 350.000, de los 29,5 millones de habitantes de Perú que son indígenas amazónicos.

La hostilidad que encuentran los nativos peruanos en Lima es alarmante, dijo Wilfredo Ardito, director de la unidad antirracismo del grupo no gubernamental APRODEH. Son abultados sus archivos dando cuenta de indígenas a los que se le ha negado el ingreso a clubes nocturnos, o niñeros de oscura piel a quienes se le prohibe entrar a playas o casos de indígenas golpeados por la policía por el simple hecho de aventurarse en zonas residenciales exclusivas de gente blanca.

"La gente sigue pensando que entre mas blanco, es mejor y eso lo piensan la mayoría de peruanos", dijo Ardito. Lo peor, agregó, es el comportamiento de la policía, algunos de ellos indígenas, y a quienes responsabiliza de los peores abusos.

Tal comportamiento puede explicar por qué 13% de los peruanos se autodenomina o identifica como indígenas en el censo nacional del 2007, mientras antropólogos y lingüistas afirman que la cifra real está cercana al 45%. También las razones por las que en Ecuador sólo 6% de la población se identifica como indígena en el censo del 2003, cuando los académicos afirman que realmente los nativos representan 35% de la población del país.

El pueblo de Espejo, al menos aquellos que consideran los valles del río Cenepa y Marañón, al norte de Perú, como sus territorios ancestrales; no tienen vergüenza de su identidad.

Por el contrario, han sido aguerridos defensores de sus tierras en contra de los intereses por la explotación de petróleo, la minería y los madereros, participando en protestas que en junio desembocaron en una sangrienta revuelta cuando la policía antimotines atacó un bloqueo de los Awajun. Con frecuencia, además, detienen a foráneos que ellos creen que trabajan para empresas mineras o de madera.

Espejo prevé utilizar sus estudios para ayudar a defender a su gente, que constituyen una comunidad de 45.000 personas.

"Los indígenas no tenemos ingenieros químicos. No tenemos ni abogados ni médicos" dijo Espejo durante la primera visita que hacía en dos años a su hogar en Huampami, un pequeño poblado selvático de 1.200 personas cercano a Ecuador y al que se llega por río.

"El pobre indígena no está preparado para negociar. ¿Cómo puede negociar si no está preparado bien?", añadió.

Amigos y parientes dieron a Espejo una cálida bienvenida y le pedían distintas noticias mientras caminaba por los senderos de Huampami. Los directores de las escuelas básica y secundaria destacaron los logros de Espejo y se los presentaron a otros alumnos, quienes terminen siendo, probablemente, pequeños agricultores y cazadores, tal como sus padres.

"Con el tiempo me gustaría formar maestros bilingües", dijo Espejo con voz esperanzada.

Tal tipo de profesores no existen en Huampami.

El Awajun apenas si se enseña en la escuela primaria, sólo están disponibles algunos rudimentarios libros y ni siquiera aparece en la secundaria de Huampami, donde la mitad de los estudiantes son de poblados cercanos.

Espejo recuerda claramente cómo un profesor le torció la oreja cuando se atrevió a hablar en Awajun.

"Lo prohiben porque dicen que cuando están (los indígenas) en la ciudad no les va a servir", dijo Espejo, un joven bajo y fortachón que lleva lentes sin montura en un rostro de anchas mejillas.

Espejo llegó por primera vez a Lima en el 2003 con otros 14 estudiantes oriundos de la cuenta del Río Cenepa. Sólo un estudiante se quedó, el restó abandonó la ciudad porque no pudo aguantar el rigor académico o costear la matrícula escolar y el costo de vida capitalino.

La familia de Espejo, cuyo padre dirige la escuela vocacional secundaria de Huampami y su madre enseña en primer grado en un poblado río abajo, lo ayudaron. Pero en ocasiones Espejo no lograba reunir los 175 dólares mensuales que necesitaba para su matrícula, pago de habitación y pensión. Así que pedía dinero prestado de amigos o hacía traducciones.

La comida se hizo un problema.

En la residencia todas las comidas eran gratis. Pero la demanda era muy grande y las cantidades limitadas. Los estudiantes hacían fila dos horas antes para conseguir una comida. Si se llegaba tarde a fila, la comida se había acabado.

Espejo contó que en ocasiones debía escoger entre sus estudios y la fila de la comida.

Los estudiantes indígenas son más golpeados por este problema porque son de poblados lejanos y por tanto sus familias suelen vivir lejos de Lima.

Una de las actividades para las que Espejo encontró tiempo fue para las artes marciales. Se unió al club de Kun Fu Wushu, de San Marcos, y ganó el primer lugar en una reciente gira en su división de 75-77 kilos.

Espejo es también un ávido jugador de fútbol. Dijo que otros clubes en San Marcos odian jugar contra su equipo, cuyos jugadores son todos del pequeño grupo de estudiantes amazónicos.

¿Y por qué?

Pocas veces Espejo sonríe tan ampliamente.

"Porque nosotros, los chicos de la Amazonia, siempre ganamos".

(AP)

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