Publicado: 26/11/2012

¿Debes o te deben?

Toda relación interpersonal crece o decrece pero siempre está en movimiento hacia una de esas dos direcciones. La que tenemos con la empresa o el equipo también es así. Opinión de Germán Retana.

Valorar lo que recibimos y lo que damos determina en mucho la actitud creciente o decreciente en el desempeño de nuestras responsabilidades. ¿Cómo es su caso?

Quienes creen estar en deuda con su organización exhiben un compromiso fuerte, progresivo y apasionado. Cumplen lo prometido y mucho más, no miran el reloj si hay tareas pendientes, cada día aprenden a hacer mejor su labor y son muy productivos. Velan por la superación de las metas y no se ponen la camiseta, sino que se la "tatúan", simbólicamente dicho. Ante las crisis, estas personas redoblan su productividad para sacar el agua del bote, incluso a costa de su calidad de vida. Son agradecidos y altamente profesionales.

En cambio, quienes piensan que la organización les debe, solo hacen lo que se les ordena y a veces ni eso. Creen que no son valorados y van reduciendo su entusiasmo, pues se cansan de dar más de lo que sientenrecibir. En apariencia son miembros del equipo, pero en realidad son los más cercanos observadores de lo que los otros hacen. No procuran desarrollarse, aprender, lograr objetivos y son resistentes pasivos a cambios. La queja, el murmullo, la desacreditación de las nuevas iniciativas y la pereza, son sus credenciales. Los que alguna vez fueron beneficios ahora son interpretados como obligaciones que la empresa debe cumplir incluso, a cambio de muy poco trabajo.

No obstante, entre los que perciben que se les debe, hay un sector que tiene razón. Sus jefes no se han tomado el tiempo para valorar su labor; trabajan silenciosos y realizan contribuciones relevantes e invisibles a los ojos de gerentes no orientados a las personas. Han sido pioneros, esmerados al máximo e incondicionales; pero tienen la mala suerte de estar cerca de indiferentes que miran solo por lo propio. Sus principios compensan la ausencia de reconocimiento y aprecio; pero todo tiene sus límites...

No es lo mismo dar que darse. En una buena familia no damos, nos damos; nos entregamos por el bien de los otros y no hacemos cálculos de rentabilidad de las relaciones ni tenemos facturas emocionales pendientes de cobro. No se trata de que las organizaciones sean una familia, aunque no estaría nada mal, pero sí de que haya una justa valoración de sus miembros sobre lo mucho que se recibe y que no miden en su justa dimensión porque se convierte en rutina.

Ahora, compare con buen juicio lo que usted recibe más allá de la paga y lo que usted está aportando. Pero antes de llegar a conclusiones prematuras, reflexione sobre el consejo de Mahatma Gandhi: "Ganamos justicia más rápidamente si hacemos justicia a la otra parte." 

* Profesor Incae Business School
                                                                                                                  
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