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Publicado: 08/11/2012

¿De qué se ríe?

¿De qué se ríe?

Tras ganar la reelección, Barack Obama se enfrenta a la tarea más difícil de su carrera: recomponer la alicaída economía de Estados Unidos.

En su corta carrera política, el recién reelegido presidente de Estados Unidos, Barack Obama, ha logrado romper varios paradigmas. Llegó en 2004 al Senado por Illinois y en 2008 se convirtió en el primer presidente afroamericano de la nación más poderosa del mundo. En mayo pasado fue el primer mandatario en respaldar el matrimonio homosexual y este 6 de noviembre acabó con el mantra que por décadas hizo imposible la reelección de los mandatarios que enfrentaron altas tasas de desempleo en un año electoral.

Hoy es el primer presidente en ejercicio que logra revalidar su mandato a pesar de una tasa de desocupación que en octubre llegó a 7,9% y un déficit fiscal que prácticamente se duplicó en su mandato.

Quizás el mayor paradigma roto por Obama se refiere a la idea de que, para ser reelegido, un candidato tiene que despertar un gran entusiasmo entre los votantes. La verdad es que su elección en 2012, al contrario de la de 2008, no ocurre en medio de un ambiente de esperanza respecto a la posibilidad de que Estados Unidos recobre el camino de la prosperidad y el liderazgo global. Obama no ganó por representar la esperanza; ganó porque los votantes vieron que era menos malo que su opositor.

La reelección de Obama estuvo sustentada por 59 millones de votantes –10 millones menos que en 2008–, que le permitieron alcanzar 303 colegios electorales (hasta el medio día del miércoles). Su rival, Mitt Romney, logró 57 millones de votos –tres millones menos que John McCain hace cuatro años–, para 206 colegios electorales.

Pero además de sus votantes en Estados Unidos, en el mundo tuvo el respaldo por reputados analistas económicos y algunos de los principales medios como el Financial Times y la revista The Economist. Esta última publicación le dio su apoyo, pero solo a partir de una tesis bastante triste: aunque Obama deja mucho qué desear, Romney tiene incluso menos cualidades para desempeñarse como líder de este país en las condiciones actuales.

“El más poderoso argumento a su favor en el lado económico es que evitó que el descalabro fuera mayor. Cuando se posesionó, Estados Unidos estaba en una espiral económica descendente, con sus bancos y fabricantes de automóviles en serios problemas y un aumento del desempleo a razón de 800.000 personas por mes. Sus respuestas, –estímulo agresivo, rescate de General Motors y Chrysler, y obligar a los bancos a capitalizarse– ayudaron a evitar una depresión”, dijo The Economist el jueves antes de la elección.

A esto se suma el hecho de que Obama logró que 40 millones de personas que no tenían cobertura de salud, en un país tan rico, cuenten ahora por lo menos con la esperanza de recibir este servicio. Pese a que muchos critican la reforma a la salud (conocida como Obamacare), es incuestionable que logró aumentar la cobertura, si bien se le critica que hizo muy poco para solucionar el gran cáncer del sistema de salud, como son los altos costos.

Conquistada la reelección, Obama enfrenta ahora el mayor desafío de su vida: sacar la economía del hueco negro en que se encuentra, con el viento en contra de un Congreso dominado por el partido de oposición. ¿Qué tan dura será la tarea?

A recomponer al Tío Sam

El presidente Obama tiene retos enormes. El primero es sanear las finanzas públicas estadounidenses, que hoy están totalmente descuadradas gracias a la creciente deuda pública –llega a los $18,3 billones– y a una dinámica fiscal en la cual el país gasta mucho más de lo que recibe por impuestos.

Para tratar de solucionar el descuadre fiscal, durante la primera administración de Obama fueron acordados unos recortes del gasto que entrarán en vigencia a partir del primero de enero de 2013. El problema es que en esa misma fecha expirarán unos beneficios fiscales que venían de la era de George W. Bush. Al sumar los recortes del gasto con el aumento de impuestos, aparece la amenaza del llamado “abismo fiscal”, una situación sin precedentes que podría llegar a paralizar la economía de Estados Unidos.

Los ajustes del “abismo fiscal” están decretados y son automáticos. A menos de que se logre un acuerdo en el Congreso en la legislatura que termina el próximo 23 de diciembre, la economía perdería unos US$600.000 millones tan solo el año entrante. Esto la llevaría de nuevo a la recesión, en momentos en que el mundo no termina de asimilar la caída de la economía europea.

Cálculos del Fondo Monetario Internacional (FMI) indican que los recortes automáticos de gastos y el aumento de impuestos traerían una reducción de 4 puntos en el crecimiento de Estados Unidos, que ya tiene problemas al crecer solo 2% anual.

No va a ser fácil llegar a un acuerdo antes del 23 de diciembre para evitar esta debacle. Durante la campaña, las posiciones de republicanos (que controlan la Cámara) y demócratas (que controlan el Senado) se polarizaron aún más, al insistir los primeros en la necesidad de bajar los impuestos y el gasto público, mientras los segundos se radicalizaron exactamente en el polo opuesto. Es difícil ver cómo van a cooperar ahora para resolver el problema en el escaso tiempo que queda.

La abogada y activista del Partido Demócrata, Liz López, asegura que, una vez superadas las elecciones, a los congresistas no les quedará más remedio que abordar el tema desde una perspectiva bipartidista. “Desde julio, el Congreso no ha decidido nada, en buena medida porque los representantes estaban trabajando para lograr su reelección, lo mismo que un tercio de los senadores. Pero desde el 7 de noviembre y hasta el 23 de diciembre trabajarán en un proyecto bipartidista para solucionar este tema”, sostuvo durante un Foro de Semana sobre las implicaciones de las elecciones en Estados Unidos.

Lo cierto es que el énfasis de la política económica va a estar en la austeridad, incluso después de que se haya resuelto el “abismo fiscal”. El recién elegido presidente se quedará con un escaso de maniobra para defender los nuevos programas de gasto que planteó durante su campaña, o proponer más recortes de impuestos que pudieran estimular la economía y generar más empleo. En el frente del gasto público no hay herramientas a la mano para estimular la economía.

A paso lento

Lo que ocurra con la economía de Estados Unidos dependerá, entonces, de si se logró generar suficiente impulso con las políticas de los años anteriores, y del desenlace de la crisis económica europea.

Existe una controversia respecto al potencial que tiene la economía de Estados Unidos para recuperarse en la actual coyuntura. Economistas como Kenneth Rogoff y Carmen Reinhardt estiman que Estados Unidos acudió a las mejores prácticas que enseña la historia en el manejo de crisis financieras y tiene buenas posibilidades de volver a crecer pronto. Jamie Dimon, presidente de JP Morgan Chase, afirmó recientemente que el mercado hipotecario ya cambió su tendencia y en corto tiempo volverá a impulsar el crecimiento. La Oficina de Presupuesto del Congreso publicó un informe con una interpretación similar.

Otros son más escépticos. Lance Roberts, conductor del programa radial StreetTalkLive y columnista del portal Business Insider, afirma que la economía estadounidense debe usar hoy US$5 de deuda para generar US$1 de crecimiento del PIB. Es una dinámica nefasta que no será posible cambiar en el corto plazo. Roberts considera poco probable un escenario de recuperación, pues a los problemas fiscales domésticos se suma una recesión en Europa y una China desacelerada. La propia Oficina de Presupuesto pronostica que, a pesar de sus progresos, para el país será muy difícil escapar del arrastre de la deuda y del déficit fiscal.

“Hoy las expectativas de un retorno a tasas de crecimiento económico de 4% o más son un cuento de hadas. Los rendimientos del mercado de valores durante los últimos tres años han sido alimentados por miles de millones de dólares de apoyos estatales al sistema financiero, lo que no es sostenible en el largo plazo. Si bien esas inyecciones de liquidez evitaron la caída en una depresión, su anulación tendrá un efecto negativo en el crecimiento a futuro”, insiste Roberts.

Empleo débil

El factor decisivo en estas elecciones fue la habilidad de Obama para convencer a los votantes de que sus políticas crearán empleos. En octubre la tasa de desempleo se ubicó en 7,9%, un poco por encima del 7,8% de septiembre, pero se crearon 171.000 nuevos puestos de trabajo. Esto supera los 157.000 creados en promedio en cada mes de 2012 hasta ahora.

Se reveló recientemente, además, una estadística desoladora sobre los desempleados de larga duración: su número ya llegó a 5 millones, equivalente a 40,6% de los desocupados. La duración media del desempleo subió a 19,6 semanas.

El temor respecto al destino de esas 5 millones de personas es que están viendo decaer su capital humano y pueden ser estigmatizadas en el mercado laboral, pues los empleadores podrían ser reacios a arriesgarse con ellos. Si esto ocurre, se conformaría un círculo vicioso.

En general, las posibilidades de hacer una política económica de alguna trascendencia se verán restringidas por el conflicto entre los partidos políticos. Como si el escenario del próximo cuatrienio no fuera suficientemente complejo, el presidente tendrá que enfrentar un reto adicional: la dura oposición de un Congreso dominado por los republicanos. La Cámara de Representantes –que elegía a sus 438 miembros– volverá a ser liderada por este partido, mientras en el Senado los demócratas mantuvieron sus mayorías.

Los antecedentes de un Congreso con alta oposición al Gobierno no son buenos. Durante el primer periodo de Obama, la oposición en el Congreso fue una auténtica pesadilla para el presidente, quien vio frenadas algunas de sus principales promesas de campaña. Entre estas propuestas se incluía una regulación mucho más fuerte para el sistema financiero, su plan de salud (Obamacare) y mayores ayudas para la industria. Otras, como la nueva política migratoria, se hundieron. Su agenda se quedó a medias, dada la recalcitrante oposición que presentaron los republicanos a las iniciativas originadas en la oficina del presidente.

En su segundo mandato, el presidente enfrentará un congreso republicano resentido por la derrota de su candidato, que tratará de bloquearle sus iniciativas y lo obligará a buscar nuevas estrategias para romper la inercia.

No todos los observadores son optimistas respecto a la posibilidad de lograrlo. En su columna del pasado 4 de noviembre, el economista Paul Krugman aseguró que enfrentar la crisis fiscal exigirá un acuerdo bipartidista sobre el cual no se hace muchas ilusiones. “Yo diría que cualquier hipotético gran pacto no valdría de nada mientras el Partido Republicano siga siendo tan extremista como es, aseguró Krugman.

El triunfo de Obama es una gran victoria para él y para los demócratas. Sin embargo, las elecciones ya pasaron y ahora hay que atender a ese gigantesco monstruo que es la economía de Estados Unidos. Falta mucho para ver si, a partir de su gestión en el segundo periodo, Obama logra pasar a la historia como uno de los grandes presidentes de Estados Unidos.

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