Una de las características más notables que ha tenido la economía latinoamericana en los casi cinco años que han corrido desde la crisis financiera internacional, es la
desaceleración brasilera, fenómeno que no da signos de estar cediendo. Después de un rebote muy importante en 2010 que sacó al país de la recesión, el ritmo anual de crecimiento viene colapsando sistemáticamente y las predicciones del FMI, al parecer
demasiado optimistas últimamente, hoy rondan
por los lados de 4% para el próximo par de años.
Esta realidad es relevante para Colombia por varias razones. Primero, porque nuestra economía, guardadas las obvias proporciones, tiene sus parecidos en estructura, en materia institucional y en términos del tipo de perturbaciones externas relevantes. Segundo, porque nuestro país inició ya un proceso de desaceleración de relativo calado y el conjunto amplio de medidas tomadas en Brasil en el último par de años puede informar el debate que sin duda se dará aquí.
Nuestras economías se parecen en más de una dimensión. Estructuralmente, la historia dominante es la
pérdida relativa de importancia de la industria y la agricultura en la producción total de valor agregado, y la ganancia paralela de la explotación de hidrocarburos. Esto tiene efectos e implica desafíos de enorme trascendencia para el conjunto de la sociedad. Es más difícil, por ejemplo, generar empleo de calidad, cubrir riesgos derivados de la volatilidad en materia de términos de intercambio y proveer el entorno macroeconómico requerido para la innovación competitiva. Eso por no hablar de la vulnerabilidad institucional y política que
con frecuencia exhiben países con exagerada dependencia en su sector minero.
En materia institucional, se trata de dos países en la mitad de la tabla global en materia de
gobernancia, es decir en indicadores como la calidad del aparato judicial, el control de la corrupción, la estabilidad política, la libertad de expresión y la calidad de la regulación económica. En mitad de tabla, también, en la competitividad que se mide anualmente en el
Reporte Global del Foro Económico Mundial, en la libertad económica que miden tanto el
Instituto Fraser como la
Fundación Heritage, y en el
índice de democracia que publica el Economist Intelligence Unit. Contra este telón de fondo, relativamente amigable al progreso, ambos países han venido elevando sus indicadores de calidad de vida medidos, por ejemplo, por las Naciones Unidas en el reporte anual sobre desarrollo humano.
En
Brasil las autoridades económicas han desplegado un arsenal de medidas para enfrentar la desaceleración que comienza en la segunda mitad de 2010 y el arsenal se parece mucho al tipo de medidas que se vienen proponiendo en Colombia. Por ejemplo, la política monetaria es, de lejos, la
más agresiva del continente, habiendo bajado la tasa de intervención en la bicoca de 375 puntos básicos desde comienzos de 2011, al tiempo que la intervención del Banco en el mercado, comprando unos US$150.000 millones desde comienzos de 2011, un aumento de 70%, ha sido pasmosa. En conjunto, ello ha implicado una
devaluación de aproximadamente 25% entre mediados de 2011 y la actualidad (o sea de 1,6 a 2 reales por dólar). En materia fiscal el superávit consolidado se baja a la mitad, de un 4% a un 2% del producto, sugiriendo que hay esfuerzo anticíclico complementario al monetario y cambiario.
En el debate colombiano que viene, más temprano que tarde, cabe tener presente el caso brasilero, el cual sugiere que la mera agresividad de una política económica volcada hacia la reactivación, no garantiza el éxito y
genera riesgos, lección aprendida en contextos tan diversos como Estados Unidos y la comunidad europea. Más bien,
conviene aprovechar la oportunidad para reflexionar a fondo sobre los múltiples factores que nos tienen, a ambos, sólidamente anclados en la parte media de la tabla, es decir flojos en la definición del entorno necesario para que florezca la iniciativa privada y la riqueza que siempre la acompaña.